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domingo, 10 de junio de 2012

Darse

Terror. Eso fue exactamente lo que sentí ese día que quisiste darme un beso por primera vez y yo te corrí la cara. Ya te amaba y darte ese beso para mí era la confirmación de esa caída libre, incierta, peligrosa. Ya no era yo. Eras vos. El mundo eras vos, mi vida, mi felicidad, mi aire eras vos. Darte ese beso -traté de explicarte después- era como decirte con mis dos manos tomá, acá está mi corazón, es tuyo. ¿Cómo podía yo, así sin más, darle a otra persona algo tan delicado, tan sensible y cuidado como mi corazón? ¿Acaso el riesgo no era altísimo? ¿Quién podía cuidar de mi corazón tan bien como lo había hecho yo hasta ese momento? Trataste de no ofenderte; seguramente porque sabías por mis ojos que, aunque te diera vuelta la cara, yo ya era tuya, completamente tuya. Era cuestión de tiempo, ¿no? Que yo lo aceptara, que yo me entregara y que perdiera de a poco el miedo. Pero tenía terror y no sé si alguna vez se me fue. Ser yo sola era saber cuidarme, saber cómo cruzar una calle para que no me pisara un auto pero, de repente, mi corazón lo tenías vos, que eras otro fuera de mí. Otro a quien yo no podía cuidar de cómo cruzar la calle; ¿y si un auto te pisaba, por ejemplo, con mi corazón a cuestas qué iba a ser de mí? Por primera vez yo no podía controlar justamente lo más preciado. Y eso me aterraba. Y si bien supiste cuidar mi corazón por un buen rato, en algún momento te olvidaste de que lo tenías, o no te diste cuenta o no sé; pero ese terror, el de ese día parados al costado de la calle de tierra, yo con mi auto, vos con el tuyo a la sombra de esos paraísos del terreno municipal -gracias a ese destino que nos supo cruzar-, se cumplió como un mal presagio. Mi corazón fuera de mí se golpeaba tanto que empezó a sangrar, sangrar y desangrarse y yo no pude más que rogarte, que pedirte, suplicarte... y llorar mi propia impotencia, llorar silenciosa mi muerte. Todo eran golpes. Y así volvió a mí: apagado, agónico y magullado; dolorido (Dios, tan dolorido). ¿Valió la pena? Seguramente.

lunes, 28 de mayo de 2012

El regalo

La verdad... venir a morirte quince días antes del día de tu cumpleaños es de mal gusto. Especialmente de mal gusto para mí que ahora estoy cruzada de piernas sobre mi cama, sentada de indio mirando incrédula el ropero abierto y allí, en el tercer estante, el regalo. El regalo está; vos no. ¿Y ahora? -decime- ¿Qué hago yo con ese regalo único, distinto a todos los que hayas recibido alguna vez, pensado desde el corazón, desde la inteligencia, desde la observación y la creatividad? Más único, incluso, que ese que recibieras a los cinco años y que te dejara con la boca abierta. 
¿Por qué te moriste? Me muerdo el labio inferior y sonrío con sorna dejando salir un sonido gutural, imposible de escribir -un llanto reprimido, contenido tal vez-. ¿Acaso no sabés que soy una especialista en regalos? Sí, en regalos y en sorpresas. Ese regalo único y hecho a medida no se lo puedo dar a nadie más porque para nadie fuera de vos tendría  valor alguno. ¿Cómo pudiste morirte antes de recibir mi regalo? En todo caso debiera haber sido algo así como "recibir mi regalo y después morir..." Pero, no. Y el regalo me mira y yo lo miro. Nos miramos y no tenemos idea de qué decirnos. Yo me encojo de hombros y él nada; se ve afligido porque se sabe sin destinatario (imaginate lo trágico que es eso para un regalo). Yo le digo que no se preocupe, que muchas cosas además de él quedaron truncas para el día de hoy; por ejemplo o principalmente, un abrazo al amanecer... No un abrazo cualquiera, uno de cumpleaños. Uno de esos que cuando se dan se le agradece en silencio a Dios que esa persona haya nacido. Sí, muchas cosas quedaron truncas hoy.
Secas las lágrimas, decido que con ese regalo no puedo hacer nada más que dejarlo ahí, en ese lugar. Y mientras cierro la puerta del placard y hago sonar los huesos de mi tobillo derecho, como queriendo destrabar algo de todo esto, no puedo evitar preguntarme si con el tiempo, al igual que la plata guardada ese regalo se irá devaluando o al igual que el buen vino se hará más añejo. 

domingo, 13 de mayo de 2012

Mismas piedras

Luz estaba indignada y no podía parar de llorar. Se odiaba tanto a sí misma en ese momento que lo único que quería era darse de golpes pero, no lo hizo ni lo iba a hacer; así que se limitó a hundir su cabeza entre sus brazos sobre el volante mientras escuchaba esa canción que tan fácil le hacía la caída de las lágrimas. ¡Era lo mismo! ¡Era lo mismo!, fueron las únicas palabras que dijo, una y otra vez y de todas las formas posibles: ¡Era lo mismo! de corrido y mil veces, ¡Era lo mismo! más pausado y asombrado, ¡Era lo mismo! acompañado con gestos de una mano a veces, de las dos otras... ¡Era lo mismo! mirando al cielo, como una obviedad para el omnisciente. Estaba in-dig-na-da, así, separado en sílabas. Tanto que apenas podía respirar.

Luz lo supo (y lo negó) en el instante mismo en el que se sintió inevitablemente traccionada, tirada, atraída hacia Gelo, como si de un remolino o un huracán se tratara. Lo habría sospechado sin saberlo entonces, o lo tendría que haber sospechado: solo alguien tan parecido a Freddy podía arrasarla de esa manera. Pero, como el más común de los mortales, Luz no pudo resistirse a lo que vino cuando vino y así que pensó que quizá no era tan lo mismo; o que no eran exactamente lo mismo. Es más, llegó a convencerse de que eran bien distintos.  
Pero el tiempo pasó y sobre una herida, calcada, apareció la otra. Y sobre esas dos heridas, una aún mucho más dolorosa: la enorme frustración de sentir que no había aprendido nada.

lunes, 16 de abril de 2012

Ruteros

La belleza puede ser un camino. Puede ser, para mí, por ejemplo, subirme al auto y manejar. Manejar, manejar, manejar. Eso es la belleza para mí o al menos una de mis formas preferidas de belleza. Agarrar una ruta sin rumbo, escuchar la música apropiada y andar sin más tiempo que el sol rodando alrededor, dejándome sorprender, poco a poco, por los cambios de paisaje. Sentir el ronroneo del motor suave y amable, casi agradecido de que lo saque a pasear. Porque los dos disfrutamos y nos vamos lejos, bien lejos. Los autos aman las rutas, la ausencia de rebajes, la aceleración sostenida y eso se siente... bien. La belleza puede ser una experiencia única pero, si se comparte, lo único puede convertirse en sublime.

La iniciativa había sido mía, como de costumbre y por esa constante sensación de que si no se aprovecha, la vida es un derroche total. O quizá soy tan loca o tan barroca que siento la muerte ahí, al caer, lista para darme el guadañazo y quiero aprovechar cada minuto como si fuera el último. Como sea, no hacía mucho que salíamos y yo sabía bien que te gustaba manejar tanto como a mí y eso convertía al programa en algo perfecto. Solos vos, la ruta y yo. Tendrías que haberte visto la cara, por favor... Ya había aprendido entonces que a vos te gusta el viaje planificado y que eso de salir sin cronograma no era más que una fantasía improbable, mientras que para mí era un objetivo concreto: hacer camino al andar, con toda la adrenalina, con toda la excitación y emoción que eso supone. Y como algo me conocías vos también, supiste ni bien agarré la 6 con el tanque tan lleno de nafta, que lo del bautismo de Margarita, la hija de mi compañera de trabajo en Campana, era puro cuento. La pregunta Adónde vamos, infatigable y reiterativa, era en vos casi un tic y en mí una razón para la carcajada. Amás verme reír y solo por eso me lo seguías preguntando.

El sol empezaba a virar y vos me dijiste Ya está bien. Me toca a mí. Con cuánto placer te entregué el volante. Nos cruzamos atrás, cerca del baúl y mientras me despegaba los pantalones de las piernas para después estirarme toda, me abrazaste por sorpresa y me besaste tan lindo... exactamente así, como cuando me ponés la mano entre el cuello y la cara. Qué fácil es amarte, te dije o lo pensé. Y lo mejor, de nuevo, estaba por venir. Es que me gusta tanto tu andar... Ir en el asiento del acompañante para mí puede ser tan placentero como manejar. Si me gusta cómo maneja el que maneja podría decir que incluso me agrada más que manejar. Me relajo completamente  y me la paso mirando por la ventana y casi siempre en silencio. Adoro ese momento y lo disfruto. Qué bien que manejás te decía o pensaba, no sé. Pero lo pienso siempre y cada vez que me siento al lado tuyo en el auto, ¿sabés? Como si fuera la primera vez que te veo o la primera vez que me subo. ¿Adónde quiera?, me preguntaste incrédulo. Adonde quieras respondí triunfante. Hiciste bien en elegir la 34. 

Todo el camino fue hablar, conocernos más (todavía un poco más, siempre un poco más), matear, sentir que el cielo es el límite, que podríamos quizá dar la vuelta al globo en ochenta días y volver a horario el lunes para ir a trabajar; subir el auto a un ferry para cruzar mares y estrechos. Fue turnarnos para dormir, pelearnos, confesarnos, callarnos, mirarnos, acariciarnos y volver más enamorados (también un poco más, siempre un poco más). 

lunes, 9 de abril de 2012

La oración

Todo por esos días era sollozar. Sollozar en el desayuno, sollozar lavándose los dientes, sollozar en el almuerzo, en el té y en la cena también. Sollozar en una fiesta y suspirar. Imaginarlo llegar, abrazarlo y sollozar. Todo en ella era sollozo y el sollozo era todo en ella; tanto que a veces se confundían. Es que lo extrañaba tanto y el dolor era verdaderamente insoportable. Quién podía, después de todo, vivir sin su corazón y portar, en cambio, en el medio del pecho un agujero gris, por donde entra un chiflete bárbaro, negro infinito como un aljibe ecoso seco, completamente seco. Quizá por eso tanto sollozar, para ver si así, a cuenta gotas saladas, al menos podía llenar con algo ese vacío de pesados adoquines. Pero no había caso; no era nada fácil vivir con el cuerpo por un lado y el corazón por el otro. Así que todo era dolor, silencioso dolor, doloroso dolor. Tan circular, tan desbordante, tan incontrolable era que llegado a su punto máximo, no tuvo más remedio que entregarse al mismo y rezar.
A veces era tan soberbia que se olvidaba de Dios. No por mala sino por estar demasiado convencida de que es ella quien maneja y gobierna todo lo relativo a su vida, sus  emociones, amores y desamores. Pero, oh sorpresa, este dolor la superaba en tanto que, cuando se acordó de Dios, corrió con desesperación a su encuentro, se arrodilló, lo abrazó  y, llorando, le suplicó "Señor mío y Dios mío: si me quiere, que no tarde él en venir a mí; y si no me quiere, que no tarde yo en irme de él, por favor..." 
Y esa fue toda su oración, la que repitió sin cesar, una y otra vez, hasta que se quedó dormida, profundamente dormida, tranquilamente dormida. Y se soñó feliz y en paz en ese Sur preferido, en ese Sur adorado y con el corazón en su lugar. 
Había sido esa, sin dudas, una buena oración.

domingo, 25 de marzo de 2012

Pérdidas

A fuerza de puro lijar y lijar, va pasando, de a poco, la tristeza. Se hace polvo terracota y se disipa, como el óxido antiguo del portón que me pide, me suplica, lo reviva. Y ahí estoy yo, lija que te lija, con una fuerza extraordinaria, que no viene -por supuesto- de mis brazos flacos, sino de mi alma espartana nacida de no sé dónde.
Basta de pérdidas, me exhorto a mí misma. Esta semana sufrí una grande: mi sillón blanco; mi mullido y conocido (por mis conocidos) sillón blanco. Ese sillón que nunca más podré volver a conseguir, ese que no tiene precio y al que, forzosamente, tuve que ponerle uno. Se fue, como casi todo lo que quiero últimamente se fue, como mi unicornio azul se fue. O, mejor dicho, lo tuve que dejar ir, lo que hace que la pérdida duela un poco más. Se fue por el portón, el mismo portón que estoy lijando, y con él, o mejor dicho arriba de él, se fueron las siestas al sol, tantas lecturas, reuniones y arrumacos. Se fue para siempre, con la misma tristeza con la que en la vejez se pierde un recuerdo. No saltes en el sillón, Clemen suena ahora como un eco lejano, como un sueño que se escapa, aunque lo quiera atrapar y hacer entrar en mi alma, como al sillón mismo en mi minúscula casa.
Entre lija y lija pasan los nuevos vecinos que, amables, aportan todo tipo de comentarios, excepto los ofensivos. El polvillo se dispersa un tanto y otro tanto queda atrapado entre los pliegues de mis trenzas, uñas y ropa. Los jubilados sentados en los cajones invertidos de cerveza me miran y comentan algo que no quiero ni saber. Uno de esos es el que el otro día me dijo algo de nacer y morir hermosa. Vivo en el centro de este pueblo y eso para mí es una novedad. Todo el mundo pasa por acá para ir o para venir. Y es por eso mismo que yo, de tanto en tanto, con esa tristeza calma que viene de la paz, me asomo como los jubilados por la ventana -cabeza apoyada en la mano izquierda- solo para ver si en una de esas te veo pasar cuando vas o cuando venís, con la esperanza de recuperar -aunque más no sea por un instante- algo de todo lo mucho (demasiado) que vengo perdiendo en tan poco (poquísimo) tiempo.

domingo, 18 de marzo de 2012

Un día


Yo no quería mostrar lo que me pasaba pero, como todo, como las lágrimas, se me sale solo. Se mostraron así el amor y el dolor como las dos caras de una moneda. Se me muestra, a veces, de golpe y como un golpe -un golpe tremendo que me deja boca abajo y doblada en el piso-. ¿De qué está hecho mi corazón?, me pregunto. ¿Qué gen, qué prenda posee que lo hace tan incondicional? ¿Será una especie de incubadora, tal vez, que todo lo contiene y mantiene tibio y con vida? Ay de mí. Cuando creo que ya está, que ya no queda nada más por qué matar o morir o sufrir, un destello ínfimo, un asomo de algo (ni siquiera digno de llamarse ternura), un gesto imperceptible, una palabra o simplemente mi nombre pronunciado por tu voz, hace que se muestre todo de nuevo y que de golpe resucite. Ay de mí. Visto así, decime por Dios… ¿tan difícil era amarme? Quién, mi vida, quién puede conmoverse y revivir con tanta facilidad. Y un fallido, como una lección, como una enseñanza, viene, según su costumbre, cambiando la letra de una canción y llorando que Un día volverás /y me sabrás amar.

domingo, 11 de marzo de 2012

L'amour

Encontrada silbando, con las manos en la masa, tal como no hubiera querido ser encontrada, todo lo que había dicho y hecho hasta aquella mañana ahora parecía rodar por un precipicio, caer de golpe como una pirámide de cartas o como el telón pesado y punzó de un antiguo teatro. Fin. 
   Cuándo, en qué memento fue que perdió la cabeza (o mejor dicho, la recuperó) no lo sabía. Bueno, sí, fue cuando él abrió el paraguas y la invitó a caminar por Corrientes, tan irremediablemente juntos, sin poder ni querer evitar el roce, ese roce que como un laberinto la mareaba pero que, como el agua fresca, la revivía. Con amor la vida era otra cosa; era vida. No importaba entonces todo lo que había tenido que morir y todo lo que le había costado morir. El invierno tan largo, tan solitario por fin había terminado.                                                                                               
   Corría el mes de noviembre y todo era flores, silbidos, flores. Noches de sueños profundos, de los de verdad y, también, de pelos despeinados. Siempre recordaba eso que decía Mafalda de que las cosas que nos hacen más felices son las que nos terminan despeinando. Sonríe: qué lindo que es estar enamorada.
    Tres años había durado el invierno. Tres años en los que pensó, de verdad, que nunca iba a terminar. En medio de su todo controlar y controlar a todos, algo la agarró de golpe, la agarró por atrás y la conquistó en un abrazo exquisitamente tierno y húmedo. Algo, como una flor, una palabra la tomó por sorpresa y con la guardia baja.
     Miró hacia abajo ruborizada cuando el otro, el de siempre, le preguntó qué le pasaba.  Pues, no sabía mentir: estaba enamorada.                    

martes, 28 de febrero de 2012

Lluvia

Se largó a llorar con todo en Buenos Aires y la casa se empezó a inundar. El agua que entró primero lo hizo por la vieja filtración del techo de la cocina cuyo arreglo siempre postergamos; luego, empezó a entrar, suave pero constante, por debajo de la puerta ventana del living. Yo corrí con un trapo seco y unos baldes para evitar el desastre pero, no hubo caso. Lloraba demasiado en Buenos Aires. Mucho y salado lloraba aquella noche. Y cuando me quise dar cuenta, ahí estaba yo, entre las cajas, que al principio se resistían a flotar, mojándome los pies descalzos y las botamangas arremangadas de un viejo jean. Los ojos, mis ojos, ya no eran los mismos porque por ahí también había una gran pérdida. ¿Cómo puede llorar tanto en febrero? Todo lo que alguna vez estuvo en su lugar ahora navegaba de un ambiente a otro, incluso los baldes y los trapos; los dibujos llenos de témperas de colores se empezaban ahora a desteñir y a teñir todo. Y, para colmo, pensaba, sin los cuadros, las cortinas y los estantes... sin un solo alimento ni elemento para cocinar, la casa se veía enorme y yo, todavía, mucho más chica. Casi tan chica como mi propia hija, a la que no le gusta que llore tanto, porque los truenos le dan miedo (¿a quién no?). Era una especie de naufragio -de eso estoy segura-, así que decidí que lo mejor era meterme en la cama, pequeña gran balsa contenedora. Pero, el golpe fue fatal: descubrí, midiendo con los brazos el colchón que vos no estabas ahí y que yo estaba sola, como siempre o más que nunca. ¿Por qué nunca estás cuando llora en Buenos Aires?, me pregunto furiosa. Y la cama así se volvió más grande y yo, así también, me volví todavía más chiquita. Y entonces otra vez, una vez más, se largó a llorar con todo, pero esta vez, arriba de la cama, y desde allí hacia el suelo y del suelo hacia todo alrededor. Otro día, algún otro día, volvería a construir todo de nuevo pero, primero tenía que parar de llorar y salir el sol, ese que secaría todo, incluso las lágrimas.

jueves, 22 de septiembre de 2011

La totalidad de un instante

Abracadabra, pata de cabra... Nada en esta mano. "Es que no soplé, mamá". La mamá -impresionante actriz- la miró con cara de Debe haber sido eso, probemos de nuevo. Abracadabra, pata de cabra, dedos inquietos y soplidos no pudieron menos que hacer aparecer en la otra mano... Un chupetín rosa. Los ojos incrédulos brillaron de fascinación y alegría y un minuto más tarde la pequeña andaba por la casa grande saboreando su chupetín y su mamá con cualquier otro quehacer. Y el silencio del pasillo se quiebra a la distancia:
_Mamá
_¿Qué pasa, hijita?
_A mí me gusta el chupetín rosa.
_Ya lo sé, hija...

... Por eso te lo regalo.

sábado, 30 de abril de 2011

Corazón

Para Anónimo

Cae. Como caen todas las cosas que cruzan cierto límite, de manera inevitable cae. Por ley de gravedad, de negligencia, de qué sé yo. Como todo lo frágil cae y se rompe -en dolorosa cámara lenta- por alguna otra ley que, seguro, desconozco. Y miro desde arriba, desde lejos las vueltas primero y luego los pedazos, la impotencia, el desparramo. Se rompe y duele todavía más, como duele la pérdida, como duelen los muertos, como duelen las despedidas. Duele y me agacho para juntar una a una las partes; las acomodo, las pego con lo que hay, algo de cinta creo, algo... y noto que su textura ya no es la misma, ahora parece de plástico, hueco y de un color rosa viejo, tal cual mis ojos vacíos. Lo pego y lo levanto con las dos manos con el recordado respeto de algo muy valioso, para devolverlo a su lugar. Pero está así: herido, tiezo, petrificado, incrédulo, inconmovible. Lo pongo en su lugar y vivo una vida a la que no estoy acostumbrada; una vida donde el motor principal creador de casi todo lo bueno que hago no funciona. Y, aunque mi fe en el amor es sostenida, no puedo evitar preguntarme si alguna vez volverá a sentir; si alguna vez volverá a latir.
Si alguna vez volveré a escribir.

martes, 27 de julio de 2010

La niña aprendiz

Tenía cuatro años y allí estaba, sentada en el banco blanco de plaza del jardín de su casa, que entonces era verde y antes natural, con una revista de historietas, cuidadosamente sostenida en sus pequeñitas manos de piel tentadora y uñas sucias de campo. Era hermosa y allí estaba, hojeando con detenimiento cada página, tratando de descifrar a través de los dibujos, la trama de la historia, de lo que allí se escondía. Era hermosa pero, no como las muñecas sino como esas fuerzas vivas que quieren devorar el mundo entero y su belleza de un solo bocado; como si de una esponja llena de agua fresca se tratara lista para ser sorbida con toda la sed, con toda la pasión.
   Pero, no era lo que hacía en ese momento lo que llamaba la atención sino lo que esa cabecita pensó mientras pasaba con suavidad los dedos por la superficie áspera de la hoja: "Mirá cuando sepa leer..." Pensamiento promesa, amenaza, presagio, advertencia. Pensamiento presentimiento, pensamiento seguridad.
   Ya sabía esa niña de pelo lacio y sedoso -o quizá lo estaba eligiendo- que la lectura sería en su vida su lugar preferido. Un lugar de reposo, de salida y de llegada, de sobrecogimiento, de alimento, de alegría y de llanto. Una fuente de vida eterna, de juventud de alma. Quizá presintió, sin saberlo, que las palabras de otros que vivieron y murieron mucho antes que ella habrían de responder a muchas de esas preguntas que su tenaz espíritu iría a hacerle. Tal vez descubrió, en ese instante y en la fuerza de esas grafías, que el mundo que quería absorber desde que nació se escondía en una sola acción, la de leer.
   Allí estaba sentada y de cuatro años, enfrascada en sus pensamientos, mirando concentrada esos signos misteriosos con ojos enormes, sonrisa en los labios, calor y fascinación. Con la misma fascinación con la que de adulta mirará un texto escrito en una lengua desconocida; o con la que le provocará el olor del libro nuevo. Curiosidad, saber, sentir.
   La imagen de esa niña, sentada en ese banco blanco, que entonces era verde y antes natural era tan estática, tan quieta como la de un volcán de lava previo a la erupción.  Allí estaba, en los dedos pequeños rozando con suavidad las ásperas hojas de aquella revista a color. Allí estaba, en el silencio de una tarde de verano y en las palpitaciones de un corazón vivo, demasiado vivo. Seguro que detrás de las pecas estaba sonrojada de emoción y, seguro también, que debajo de los párpados de pestañas tupidas sus ojos brillaban con avidez, ansiedad y desesperación. Desesperación por alcanzar a sus hermanos mayores que en ese momento corrían por el jardín jugando a cualquier cosa. Ellos, más grandes, ya sabían leer los secretos que a ella, por ahora, le estaban vedados. Cruelmente vedados. Ellos tenían todo, y a ella todo le faltaba.

jueves, 22 de julio de 2010

La inspiración

El silencio tiene esas cosas...

Él duerme boca abajo, con la cabeza hacia la derecha y los brazos debajo de la almohada ocupando, como de costumbre, tres cuartas partes de la cama.
   Ella reposa boca arriba, con la cabeza apoyada sobre esa almohada fabulosa que alguien decidió llamar inteligente, y con los dedos imperceptiblemente entrelazados arriba del edredón blanco, arriba de su vientre. 
   Son las siete menos algo y todo es oscuridad y silencio. Todo menos la luz del velador de ella y esa voz interior.
   Con o sin luz, con o sin voces él duerme profundo. Por eso ella no se preocupa: si se despertara podría volver a dormir por tres horas más.
    Ella tiene los ojos abiertos, estilo cinco de la tarde, fijos en un punto impreciso (ahora) del cielorraso, o de la bisagra del placard, o de la hojita de lata tallada de la araña de hierro que pende del techo. Los párpados, como el diafragma de una lente, dan la impresión de querer enforcar algo para fijarlo, para grabarlo.
    Él, presintiéndolas (a las dos, a ella y a su voz), abre un ojo con esfuerzo y le pregunta:
_ ¿Qué pasa, Pil?
   Y ella le responde apurada:
_ Shhh... Nada, gordo, nada... 
   Y al rato se confiesa:
_ Estoy escribiendo.

lunes, 5 de julio de 2010

La escoba

Trabajaba de portero hacía veinte años en el edificio, y ese día yo sólo estaba barriendo. Serían ¿qué?, ¿las seis de la mañana más o menos? Sí, puede ser pero, de principos de octubre porque no estaba tan oscuro y ya había cierto movimiento, ése que indica que el día comenzó. Un día como cualquier otro.
   Sólo estaba barriendo. Ya lo dije, ¿no? ¿Es que existirá, tal vez, una acción más mecánica, más rutinaria, más indvidualista y más rítmica que la de barrer? Lo dudo. En serio que lo dudo. El ruido de las cerdas nuevas contra las baldosas pianito de la vereda todavía lo escucho.
   Se decía sin decir por ahí y por todos lados que enfrente, en el taller, había un centro clandestino de detención. Bah, se decía; me corrijo: se sabía, porque lo que era decir... Mejor no decir nada, agarrar la escoba, mirarse el ombligo y siss, siss, siss, siss.
  De noche los reflectores se prendían poderosos y la música también. Lita decía que esa música no la dejaba dormir pero, bueno, ya estábamos acostumbrados, como todos ahí en la cuadra, a eso de saber y no saber y mejor-callate-la-boca y no opinés. Pero una cosa es saber, y otra muy distinta es ver.
   Esa mañana un grito demasiado cercano y dirigido hacia a mí, hacia todos, me sacó de mi yo espiralado y me hizo levantar la vista. Calle por medio, un joven casi desnudo salió corriendo de la nada pidiendo socorro. Yo estaba enfrente y me miró y lo miré. No pasaron ni tres segundos hasta que dos tipos lo agarraron y lo arrastraron de nuevo hacia adentro. Cuando vio que lo agarraban, gritó de una forma que yo no creí fuera posible gritar. Ahí conocí el terror.

   ¿Y si se llamaba Juan? Porque algún nombre debía tener...

   A mí me pidió socorro... Juan. A mí me miró como el niño perdido que encuentra a su padre. A mí me miró como si hubiera visto un ángel. Los ojos eran grandes y almendrados, y con adrenalínica potencia, vigor y velocidad, esos ojos cruzaron todo Venancio Flores sólo para mostrarme bien de cerca a la esperanza y a la desesperación. A mí. A mí me pidió, me gritó que lo mate, por favor que lo mate (por favor, matame). A mí me entregó su vida. A mí que, con un mameluco y una escoba en la mano, claramente no formaba parte de ésos que por algún motivo lo reducían a la nada misma pero, nunca lo suficiente. 
   Mi escoba cayó dando más de un rebote y ahí me quedé sintiendo el impulso de cruzar la calle, de gritar, de agarrarlo y taparlo con una frazada que tenía ahí a la mano, de ofrecerle un plato del pollo con papas de Lita que todo lo cura y un poco del buen vino que habíamos abierto anoche con motivo del cumpleaños del Javi. De decirle a mis vecinos que vamos, que no puede ser, que tenemos que hacer algo. De llamar a la policía y pedirles que vengan urgente que hay un ciudadano que está pidiendo socorro, que no sé qué habrá hecho pero que, en todo caso se le podría hacer un juicio justo, ¿no cree usté?
   Los que estábamos ahí, los que presenciamos el instante, nos miramos censurándonos mutuamente. A todos nos hubiera gustado ayudar a Juan pero, nadie quería ser Juan.
  Miré mi escoba en el piso, dispuesto a levantarla pero, me quedé un rato sopesándola, porque sabía que cuando lo hiciera, yo, Alberto, nunca más volvería a ser el mismo.

Siss, siss, siss, siss...

lunes, 28 de junio de 2010

Ojos que no ven

Se llevaban diecisiete años y cinco meses y aquella noche salieron del caos al cosmos como si nada; salieron del Teatro Ciego a la calle Zelaya como si nada. Salieron de la misma forma en que habían entrado: como profesor y como alumna que se admiraban mutuamente.
   Había pasado todo pero, no había pasado nada. Porque no se vio nada. La ceguera total del ambiente y la presencia de testigos ausentes le restaban el carácter de realidad al asunto. Lo que tanto en la cabeza de él como en la de ella había sido siempre una fantasía inconfesa, ahora lo seguía siendo aunque quizá más intensa y estimulada por lo que (no) había pasado. Podían mirarse a los ojos así sin más, porque aquello en la memoria no tenía una forma concreta. Eran sólo sensaciones, recuerdos del tacto, algunos olores, algunas palabras susurradas al oído y silenciadas abruptamente por repetidos besos precipitados de años -años- que venían esperando su turno. Manos que subían y bajaban queriéndolo abarcar todo, hacerlo propio, guardarlo en algún lado para poder llevarlo hacia algún otro lado o, mejor dicho, hacia todos lados.
   Jamás habían sido más libres. El caos, la oscuridad que inicialmente oprimía, ahora liberaba, al punto de quitar hasta el último punto de apoyo. Flotaban, volaban. Recién ahora -se daban cuenta- conocían la libertad; y era hermosa (por favor que era hermosa, qué hermosa era).
   No tenían, en el enredo y la velocidad, la certeza objetiva de que uno en realidad fuera uno y el otro fuera el otro. Ni la tuvieron tampoco cuando salieron. Sólo el presentimiento, el pálpito. Porque aquella fantasía en la oscuridad de la ceguera se había disipado de la realidad, tal como lo hicieron la rosa, la granada y la pipa de Adán cuando éste cerró los ojos.   
   Por eso caminaban por Jean Jaures como si nada, como profesor y como alumna que se admiraban mutuamente. Porque la luz de los faros los dibujaba y el agua de lluvia los recortaba, volviéndolos reales, tan reales como el resto del grupo. Por eso levantaron las cejas y sonrieron con una mueca apenas perceptible, para despedirse como siempre.
   Él y ella, los dos, volvieron felices a sus casas, sin más indicio que el de algún aroma ajeno y reciente impregnado por ahí en la ropa. Volvieron felices, tal y como se regresa de un buen sueño. Ése que se siente de mañana pero, abiertos los ojos, ciegos de luz, resulta imposible de recordar.