lunes, 9 de noviembre de 2015

Silencio musical


El viaje era corto y por eso no llevábamos casco. No hacía falta. La tarde era espectacular y pocas cosas pueden ser tan agradables como sentir esa brisa de verano en la cara, en el pelo, en la boca cuando la abrís y en los ojos cuando los cerrás... para sentir, en velocidad, todo. Incluso el polen volando en cámara lenta al lado tuyo. 
Acabábamos de hacer mágicamente el amor, y hacer mágicamente el amor no es algo que se haga todos los días. Y no hubo tiempo -yo estaba apurada- para el abrazo, el mimo, la siesta reparadora, para mirarnos y saborear lo que nos acababa de pasar. No hubo tiempo pero hubo un viaje en moto hasta la estación, de unas cuadras apenas, de un día perfecto, de una luz perfecta por calles arboladas, sin casco y sin tráfico. 
La moto avanzaba como si no lo hiciera. Íbamos suspendidos en ese ronroneo como en una pausa, como en un silencio musical. Una suerte de abrazo de agarre por momentos y una mano que, siempre que puede, te acaricia. 
Adivino, vos, apenas unas palabras: 
¿Volviste a escribir en el blog? 
Me sonrío por tu genialidad perceptiva. 
No, te digo. 
Pero ya lo estaba haciendo, hacía rato.
No hubo tiempo, es verdad pero, hubo algo mejor: descubrir a qué sabe la felicidad cuando se la bebe por completo en la totalidad de un instante. 

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