lunes, 22 de febrero de 2016

El amor


Tenemos, vos y yo, esa manera particularmente metafórica de comunicarnos. Tal vez porque a mí me gusta escribir y a vos te gusta leer. Pocas cosas te gustan tanto, te producen tanto placer como leer lo que escribo, ¿no? Es una particularidad nuestra, tuya y mía. Yo, escritora libre, escribo lo que quiero. Vos, lector experto, nunca cuestionás la escritura. Así, como una danza. Una particularidad que en la vida real, en el cara a cara se traduce en otra cosa: familiaridad, transparencia, libertad, desapego, amor, disfrute; en fin, lo mejor de cualquier buen vínculo.
Yo volví, ¿te acordás? Porque me había ido. Porque no encontraba la forma de amarte ni de valorar tu amor. No tenía sentido que me quedara. No así, no en ese lugar que a vos te hacía sentir en falta y a mí me hacía sentir demandante. Por eso me fui. No por falta de amor. No porque me guste irme ni menos aún porque vos dejaras de gustarme. Siempre vas a gustarme. Por esa forma metafórica de relacionarnos que tenemos. Metafórica y trascendental. Genial. Decía que yo volví, rota, hecha pedazos. Toda rota y sin explicaciones. Vos no las pediste. Ni las necesitabas porque me ves el alma. Nadie me ve el alma como vos. No necesitás traductor, subtítulos ni tampoco leer lo que escribo (ese es un gusto que te das nomás). Y estabas feliz de verme, aunque estuviera toda rota. Tratabas de disimularlo, digo, tu alegría porque yo también sé leerte, y cuidás mucho tus sentimientos. Los cuidás como nunca vi a nadie cuidarlos. Tal vez demasiado. Pero lo entiendo y lo respeto. Es tu sensibilidad, la misma que me seduce sin remedio. No querés que nadie te lastime, menos una rubia divina de ojos devoradores que viene y se va, viene y se va y que cambia de humores y pasiones según la luna o el clima, que hace de su emocionalidad una montaña rusa que a vos te mata de vértigo. Pero igualmente se te notaba, digo, la alegría de comprobar que no había sido un espejismo, que nos debemos amistad eterna porque nos conectamos en un punto que nos trasciende a nosotros, nuestra voluntad y todas nuestras miles de diferencias. Ahí estaba yo, y primero escuchamos mi música profunda, elemental, visceral. Disfrutás y, con amor, empezás a juntar las partes, sin dudarlo. Porque una cosa es segura para vos: mi amor es de verdad y es bueno. Pero de golpe te resistís, de nuevo. Ya no me importa. No es conmigo. Ahora te entiendo. Por fin entiendo tus tiempos. Por fin descubrís que yo ya entiendo tus tiempos. Y te relajás. Y yo descubro que hasta amo tus tiempos, solo por ser tuyos. Porque empiezo a descubrir maravillada que te quiero como sos. Que ya no te pediría otra cosa. Ahí estaba yo entonces, y ahí estabas vos entonces, y ahora escuchamos tu música profunda y seductora. Me ves herida y quisieras matarlo, matarme a mí pero, no lo decís. A él, a él, con qué gusto lo matarías. En cambio a mí me decís algunas estupideces que me hacen reír a carcajadas. Y te miro con la cabeza de costado y los ojos todos llorosos por reconocer en vos al único hombre en el mundo que me hace llorar de la risa, el único para el que escribo y el que más mujer me hace sentir cada vez que me hace el amor.
Y te digo, interiormente, que ojalá me quieras hacer el amor, para volver a ser persona yo... Para volver a ser con vos cada vez más mujer.  

jueves, 4 de febrero de 2016

Dialéctica del pasto quemado


—Y vos decime, ¿qué me podés decir de él? 
—Que es hermoso. 
—Hermoso... ¿Cómo?
—Hermoso como las cosas hermosas. Hermoso porque sí. Como las flores, ¿viste? Son hermosas sin explicación. Incluso las más salvajes.
—¿Y qué más? 
—Inseguro...
—Explicate, por favor. 
—Creo que su inseguridad es directamente proporcional a su imagen de éxito y desmedida superación.
—¿Por qué? 
—Porque necesita constantemente alguien nuevo que le recuerde su valor. Por ejemplo, le encanta su trabajo pero no puede evitar aplicar para otros que no le interesan en absoluto. Simplemente se alimenta del reconocimiento ajeno, del placer de avanzar entrevista tras entrevista, aunque sabe que terminará diciendo "Te agradezco pero, no".
—¿Es en serio?
—Te lo juro.
—¿Y lo ves en algún otro aspecto? 
—Recién ahora, ¿sabés? Recién ahora me doy cuenta de por qué estando muy feliz y contento conmigo, dándole yo toda la seguridad que requería, no podía dar de baja la aplicación esa en la que nos conocimos, y en la que se mide con tanta facilidad tu capacidad de levante. No sé... No me lo veo como el perfil de tipo infiel pero, no sé. No sé si soy yo, que soy una pelotuda a cuerda, que cree en todo y en todos... No sé. Creo que es más de lo mismo: un hambre desmedida de reconocimiento ajeno constantemente renovado. Agotador. Qué pena que me da, ¿sabés? Que todos podamos ver lo hermoso que es él, menos él... 
—¿Y vos?
—Yo lo entiendo en un punto. También soy muy insegura. Pero no me molesto en disimularlo. Bah, en realidad soy tan insegura como él, o más; solo que me pega totalmente para el otro lado: casi que evito el éxito y cualquier forma de belleza para evitar reconocimiento alguno y así demostrar que tengo sobradas razones para ser insegura, y en el fondo tener toda la razón, que en definitiva es lo que me importa. ¿Me seguís?
—Sí, claro que sí pero, volvamos a él. ¿Qué más me podés decir de  de él?
—Que es hermoso... 
—Pero eso ya me lo dijiste, María. ¿Qué más? 
—Que proyecta, ¿sabés?
—No entiendo.
—Claro, como en un sentido psicológico, ¿viste...? Como cuando los psicólogos dicen que proyectás en el otro cosas tuyas. Creo que también lo llaman sublimación, ¿puede ser? Estoy chamuyando, no tengo idea, pero la cosa viene por ese lado.
—Si me das algún ejemplo... 
—Sí. La primera vez que lo vi (por Skype), me dijo algo muy raro; como una afirmación, una exclamación, me dijo "Cómo me vas a lastimar". Me desorientó. No entendí nada. No me conocía y yo realmente me creo incapaz de lastimar a nadie. Soy grande. No estoy para juegos: o te quiero o no te quiero. No amanezco un día de golpe con un domingo siete cualquiera... Hoy lo entiendo. No hablaba de mí. Hablaba de él. Que vos me vas a romper el corazón, me decía; y él me lo rompió a mí. Me subió al cielo, ¿sabés?, lo más más alto que me hayan subido jamás.  Hasta me invitó a viajar por todos lados; me invitó a Nueva York… Imaginate. ¿Cómo no querer creerle? Vos sabés lo que sueño con conocer Nueva York… y más enamorada. Al principio sospeché, me dio miedo, desconfié pero después me entregué porque el disfrute me puede de manera escandalosa. Construyó, para mí, una escalera altísima discursiva y yo subí. Y para subir hacía falta creer lo mínimo. Y lo creí. Y una vez arriba la confianza ya fue plena, total, infantil. Yo no lo iba a soltar, y en las nubes habría dado mi brazo derecho jurando que él tampoco lo haría. Pero lo hizo. Me soltó la mano desde lo más alto. 
—¿Duele? 
—Me estás jodiendo… ¿No?
...
—¿Qué más? 
—En otra ocasión, antes de vernos por primera vez me dijo que él nos tendría que cuidar a los dos de mí, porque yo iba a tratar de  boicotear constantemente la relación. 
—¿Eso te dijo? 
—Te juro, palabras textuales (ya sabés que yo me acuerdo de todo, todo). Y ni siquiera me conocía. Pero reconozco que en un punto casi le creí porque es cierto que tengo tendencia a autoboicotearme... Y dije, ¡Es brujo! Pero después me di cuenta de que no en las relaciones. No cuando hay un otro. Cuando hay un otro soy lo más generoso que puede existir pero, con las cosas mías y solo mías, ese ya es otro cantar: soy la primera en autoboicotearme. Por eso un poco se lo compré. 
—¿Y qué? ¿Hubo boicot?
—No sé, ¿vos qué decís? ¿Llamar a la exesposa desde el iPad con mi Id configurado te parece que aplica como boicot? Desde ese momento en adelante pasé de reina a plebeya, a desecho humano en un abrir y cerrar de ojos.
—Inconsciente... 
—Como sea, el resultado es el mismo. (...) Sabés que tuve una leve sospecha en la última cena que compartimos —una noche soñada, allá por las nubes más altas, una noche de luna llena y sexo del mejor—. En franca conversación me dijo que a él todo lo que había logrado en la vida le había costado muchísimo, porque siempre se había boicoteado en todo: el colegio, la carrera, el trabajo, etc. (dijo Etcétera, sí, dijo Etcétera).
—Y vos hiciste la asociación, ¿no?
—Borrachita y todo como estaba, sí, inmediatamente. Entendí que era él el que iba a boicotear lo que él mismo fundamentalmente había construido. Me dio miedo pero lo negué. Lo ahogué en un trago largo. Un horror: dejo pasar todo cuando adoro a alguien como lo adoraba a él. Lo amaba, ¿te dije? Amaba todo de él. Y no era una persona para nada fácil. 
—¿Por qué? 
—No sé. No te sabría decir. Supongo que por todas estas cosas que te cuento. Por lo mucho de cartón pintado que trae consigo. Lo destructivo que esconde detrás de tanto palabrerío, detrás de tanta intensidad. Que también me lo anunció y yo también (¡cuándo voy a aprender!) elegí no escuchar. Me dijo que él era lo mejor que pasó en la vida después de mi hija y agregó, textual, que Mirá que por donde paso no vuelve a crecer ni el pasto. Estás advertida. Todo me lo había anunciado. Todo me lo había avisado. Y el que avisa no traiciona. Pero todo desde el inconsciente, desde la mayor sutileza. Yo no quise leer entre líneas. Elegí disfrutar pagando el precio de quemar todo mi jardín.
—¿No era demasiado precio para el disfrute?
—Sí, pero yo me abuso de mi jardín. Porque sé que es tan bueno que rebrota y cada vez más lindo. Pero voy entendiendo, experiencia a experiencia, que no es la manera. Que seguramente hay otra forma más sana de disfrutar. Basta de pijazos. Falta amor, ternura, dulzura y don de gente. Consideración, ¿sabés?
—¿También es desconsiderado?
— Desconsiderado y cagón. La persona con menos pelotas que haya conocido en toda mi vida. Si hay algo peor que alguien cagón, es alguien que se revela cagón después de sembrar una imagen tremenda de compadrito devorador del mundo, de guapo total y absoluto. Las pocas pelotas que tiene están achicharradas en la mano derecha de la ex. Desapareció de la noche a la mañana, sin decir aguavá porque ella lo amenazó, usando al hijo como moneda de cambio. Ni un aviso, ni un mensaje tranquilizador, ni una palabra de ánimo. Yo, que hasta el día anterior era el amor de su vida, de golpe no valía ni siquiera el coraje de decirme, por carta, por teléfono público, por paloma mensajera, señales de humo o lo que  fuera, Estoy en un quilombo tremendo, quedate tranquila que lo voy a resolver, te quiero… No, señor. Nada. Silencio. A él, que le sobraban las palabras por todos lados, ante la primera dificultad seria se quedó sin una sola.
—Un trucho…
—Qué sé yo… Es medio cruel decirlo así. No creo que sea intencional. No le saldría tan pero, tan bien si fuera intencional. Creo que es inconsciente. Un fabricante de mentiras… pongámosle inconsciente. Nadie quiere creer tanto como él sus historias. Trabaja de eso. De construir con palabras —esto me lo dijo él, eh— y cree que con eso alcanza. Pero no es ningún estúpido, por favor, no te confundas. Sabe que los hechos son lapidarios. Y se esforzó mucho por ser consecuente. Creo que me quiso. Que en verdad me quiso. Necesito creer que me quiso; que él también me adoró. 
—Igualmente no entiendo por qué seguiste insistiendo incluso cuando desapareció… Por qué todavía creías en él cuando ya habías visto todo esto.
—Porque yo estaba bien dispuesta a lidiar con toda su rareza. Porque lo quise incluso con su rareza. Porque yo también tengo toda mi rareza y todos en un punto la tenemos. Yo quería, si él tan solo me hubiera dejado, lidiar con su rareza. Y crecer. Juntos.
—Tal vez él se dio cuenta de eso, ¿no lo pensaste? Y le dio miedo… Hay que tener huevos para querer crecer. Más al lado de alguien.
—La verdad ni lo había pensado. Gracias... Creo que me deprimí.
— ¿Te querés matar? 
—Y sí. Un poco sí. Bastante. Porque le creí todo, ¿sabés? Cada palabra... Y porque era hermoso. Es. Pero era cuestión de tiempo parece. En realidad, te digo, no me decido entre putearlo o agradecerle.
—¿Qué cosa?
—La premura para revelarse. Yo estaba dispuesta a tener un hijo con él. Hasta llegué a hablarle a mi hija de él... Imaginate qué estúpida. No... yo no puedo estar con alguien que ante la primera dificultad me suelta la mano completamente como si yo fuera la peste en persona.
—Pero vos sos inteligente, María... No necesitabas que se revelara. 
—Sí. Soy una persona muy inteligente que tiene especial debilidad por los cuentos de hadas desde muy pequeña. Especialmente por los que son too good to be true. Un mal que me acompaña desde siempre. 
—¿Y qué vas a hacer?
—Nada… Escribir para sanar, para que vuelva a crecer el pasto en mi jardín, ¿sabés? Y tratar de olvidarme de todo. Tratar de olvidarme de Nueva York.

lunes, 9 de noviembre de 2015

Silencio musical


El viaje era corto y por eso no llevábamos casco. No hacía falta. La tarde era espectacular y pocas cosas pueden ser tan agradables como sentir esa brisa de verano en la cara, en el pelo, en la boca cuando la abrís y en los ojos cuando los cerrás... para sentir, en velocidad, todo. Incluso el polen volando en cámara lenta al lado tuyo. 
Acabábamos de hacer mágicamente el amor, y hacer mágicamente el amor no es algo que se haga todos los días. Y no hubo tiempo -yo estaba apurada- para el abrazo, el mimo, la siesta reparadora, para mirarnos y saborear lo que nos acababa de pasar. No hubo tiempo pero hubo un viaje en moto hasta la estación, de unas cuadras apenas, de un día perfecto, de una luz perfecta por calles arboladas, sin casco y sin tráfico. 
La moto avanzaba como si no lo hiciera. Íbamos suspendidos en ese ronroneo como en una pausa, como en un silencio musical. Una suerte de abrazo de agarre por momentos y una mano que, siempre que puede, te acaricia. 
Adivino, vos, apenas unas palabras: 
¿Volviste a escribir en el blog? 
Me sonrío por tu genialidad perceptiva. 
No, te digo. 
Pero ya lo estaba haciendo, hacía rato.
No hubo tiempo, es verdad pero, hubo algo mejor: descubrir a qué sabe la felicidad cuando se la bebe por completo en la totalidad de un instante. 

martes, 20 de octubre de 2015

El embrujo

                                                 Para GG


¿No te dio esa impresión a vos también?... ¿De que pasamos juntos casi siete horas y podrían haber sido siete mil, así como si nada? Subiendo y bajando escaleras de subtes y trenes, caminando Corrientes para un lado, Corrientes para el otro... Perdiéndonos perdidos en la corriente. Por momentos conociédonos en eso de hablar (que tan bien nos sale), por momentos muy serios pensando interiormente quién y por qué te habrá engualichado, por momentos riéndonos a carcajadas, una mano, una caricia, una cama que cae de la pared, un carterazo...
Así podrían haber pasado siete mil horas, yendo de una terminal de subte a otra, como nadando, como flotando. Siete mil horas en redondo, en un laberinto cuya salida se ruega interiormente no encontrar. Es que el tiempo es circular, ¿no? Y agarrarnos la noche, y agarrarnos la lluvia y seguir andando. Tal vez buscar un techito, un árbol, una madriguera, algo, para respirar, hablar, susurrar, mirarnos o seguir pensando...
Estoy embrujado fue tu conclusión seria de hoy. 
Dejame contarte un secreto: yo también. Siete mil horas perdida en vos, siete mil horas perdida en Buenos Aires.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Otra historia

Cuando lo vio llegar, cuando confirmó su presentimiento de que efectivamente se trataba de él, de Ulises, simplemente casi se infarta. Lo daba por muerto; hacía años que lo daba por muerto. Eso de tejer y destejer no era más que un recurso para no tener que volver a comprometerse ni casarse con nadie y no porque todavía amara a Ulises y creyera que fuera a volver (¿cómo podía amarlo después de todo lo que había pasado, después de veinte años de ausencia? Esa, la que estaba locamente enamorada de él, era otra que ella ya no conocía; y él... apenas pudo reconocerlo y solo porque siempre fue muy perceptiva: le conocía el paso, el porte, el olor; hasta las uñas). 
La verdad era que solamente una vez estuvo dispuesta a volver a casarse, mucho antes del asunto de la tela, pero ese hombre, Antínoo, el único capaz de curar su gran pena de amor y llenarle el alma de alegría, después de casi cuatro años de franco romance, se le fue; sin saber bien cómo ni por qué se le fue. No como Ulises que se había ido a la guerra para quizás algún día volver. No... este se le había ido a ella, ella lo había perdido, tal vez por tonta, tal vez torpe. Y entonces se puso a tejer el sudario pensando y repensando entre una vuelta y otra de hilo en qué se había equivocado, por qué no lo pudo hacer feliz, por qué en definitiva no la había dejado terminar de amarlo; porque ella no lo había terminado de amar todavía; ¿qué hacía ella ahora con tanto amor? Penélope tenía el corazón roto, tan roto como solo recordaba haberlo tenido esa vez cuando Ulises se fue: la nave desapareciendo en el horizonte y la pena cubriéndolo todo, incluso su embarazo. El ruido del mar y la bruma mezclada con un cielo nublado mostraban a través de esa ventanita un paisaje igualmente triste al de esa vez. Todo la hacía llorar. Se oían algunas gaviotas que quizá estaban tristes también -o al menos así lo sentía Penélope- y ella miraba con cierta rigidez y vejez en la cara -que más que vejez era angustia-, ese paisaje melancólico, ese horizonte conocido. Quizá volvería alguna vez; quizás alguna vez se diera cuenta... Y volvía ella a sus hilos, sintiendo venir desde abajo el bullicio de esos pretendientes que, enterados de su desamor, parecían ver en ella la única mujer rica, hermosa y soltera en varios kilómetros a la redonda. Por eso insistían y la solicitaban y Penélope los odiaba tanto. Los odiaba porque eran vividores, vagos, poco hombres, bah, en verdad los odiaba porque no eran Antínoo. Entonces se le ocurrió lo del sudario. Les dijo a esos hombres que cuando terminara el gran sudario que estaba tejiendo para el día que muriera Leartes ella elegiría marido. Y como lo de astuta lo había aprendido de Ulises aquello que tejía de día, en su mayoría destejía de noche esperando que su tristeza se pasara o que Antínoo volviera.
Y de golpe, sin que el día diera la menor señal ni anuncio de suceso, ahí estaba parado Ulises, después de veinte años. Cuánto lo había amado y cuánto le había costado dejar de amarlo, liberarse de ese amor, asimilando la idea de su muerte. Pensó realmente que se iba a desmayar porque entre todas las cosas que creyó le podían pasar en la vida esta no figuraba como probable. Había sido un sueño. Su regreso había sido solo un sueño durante años, muchos, los primeros después de su partida; un sueño al que ya hacía mucho tiempo había renunciado. Supo entonces que lo primero que tenía que hacer era sacarse de una vez y para siempre a esos zánganos de encima, así que tuvo la idea de proponer que quien lograra tensar el arco imposible de Ulises sería aquel a quien ella tomaría por esposo. Ella sabía muy bien que el único capaz de hacer eso era el mismo Ulises. Y así fue. Cuando llegó su turno y ella lo vio caminar, tomar el arco y flexionar su codo... Cuando lo vio mirarla al pasar y tensar el arco como nadie lo había podido hacer, la realidad se le impuso paralizándola: Ulises había vuelto de la muerte. Todos supieron enseguida que ese no podía ser otro más que él, así que huyeron muertos de temor y ellos se quedaron solos en el medio del caos que habían dejado todos esos años de ausencia.
No hablaron. Se abrazaron y se besaron con pasión, con mucha emoción pero con extrañeza. Ellos, los de entonces, ya no eran los mismos. Ulises parecía amarla incluso más que antes, como si la distancia, el tiempo y lo vivido le hubieran hecho valorarla todavía más. Penélope, en cambio, todavía llevaba adentro su corazón roto por otro hombre y tenía que hacerse la idea de que aquel que creía muerto ahora estaba a su lado pidiéndole que lo ame. Eran dos desconocidos que venían de caminos completamente distintos, y Ulises no tardó mucho en darse cuenta de esto: la mujer que él amaba con tanta pasión ya no era la misma. Por eso, lo que la historia no cuenta es que ellos, en un proceso que no fue ni corto ni sencillo, a partir de esa noche tuvieron que elegir conocerse de nuevo y amarse de nuevo. Se dieron la mano, sonrieron -hacía cuánto tiempo que Penélope no sonreía- y después de mucho hacer el amor, se quedaron más abrazados que nunca, hablando hasta altas horas de la noche de lo que había sido de la vida de uno, de lo que había sido de la vida del otro, y por qué no, de lo que podría ser en adelante la vida de los dos juntos.  

viernes, 24 de agosto de 2012

El peine lila

No hago más -pobre de mí- que pensar en vos todo el día y soñarte todas las noches. Sí, todas las noches. Tengo que confesarte -qué barbaridad- que esto me hace sentir tristemente bien, porque es como si no te hubieras ido, como si no te extrañara una vida. La noche me consuela el día sin vos. Nos vemos y nos reímos tanto; como si fuera martes a la tarde, siempre como si fuera martes. Anoche soñé, por ejemplo, que estaba en tu casa el peine lila, ¿te acordás? Mi peine lila, tan único y tan mío como solo puede serlo un peine lila, grande, de dientes anchos, con un montón de florcitas en pastel, que me traje hace once años de mi viaje a Marruecos. Un peine capaz de sobrevivir a siete mudanzas y no sé cuántas vacaciones, sabés bien, no es un peine cualquiera. Esta vez estaba en tu baño y yo te comenté tierna, después del café rebosante de complicidad, que aunque Borges decía que no se puede disimular la felicidad, no era conveniente que mi peine quedara ahí. Vos me diste la razón, como siempre. Y mi peine lila se quedó ahí, para siempre.

jueves, 9 de agosto de 2012

Transparencias

Dudo si escribir estas palabras,
si caminar sobre estas letras,
deshojarme más y más
dejando salir el néctar.
Dudo por la luz
que ilumina mi dolor y sin pudor muestra el vacío.
Por el rubor de rodar
por abajo de talentos y razones
que se me caen, se me rompen
y como puedo atajo
para volver a respirar
creo -ay, al menos por un rato-
para no ser eterno un día,
tan fantasma un día,
para que pase una hora más rápido.
Dudo, al final,
por miedo a perder los huesos todos,
mi orgullo completo.
Pero me animo.
Me animo y me río.
Todo es vos, vos no estás, todo es nada.

lunes, 23 de julio de 2012

Nuevo Rumbo

La mujer era tan bella como una escultura en el medio del paisaje, con una mano en la cintura y la otra a la altura de las cejas, cubriéndose del sol, escrutando el horizonte o algo semejante. Todo lo demás era desierto, una mañana hermosísima en el desierto, con el sol ya calentando y la arena todavía fría. El pelo le caía pesado y dorado sobre la espalda, confundiéndose a veces con tanto rayo de luz. 
Nuevo Rumbo le sonaba a ella a nombre de equipo de fútbol de barrio pero, no había, gramaticalmente hablando, posibilidad de formar ninguna otra frase que le hiciera justicia a ese paisaje, a su corazón: solo esas dos. 
Había llegado ahí después de caminar toda la noche helada, congelada (las dos, la noche y ella). Había caminado a ciegas porque la luna vestida de nueva no había sabido guiar ni un poco sus pasos. Eso sí, sus sentidos, institntos y percepcióln se habían aguzado tanto que por momentos sentía que sus ojos, los del alma, eran verdaderos faros, poderosos follows. La mayoría de la gente, de los pocos peregrinos con los que se cruzaba, preferían acampar durante la noche. Decían que era demasiado riesgoso atravesarla a pie, que el clima, que los animales, que la ceguera total, que los dioses oscuros. Ella lo sabía y lo entendía. Muchas veces sentía verdadero terror pero, no podía renunciar a la experiencia, al crecimiento. 
La noche la había pasado llorando, casi por completo. Tratando de entender, buscando en el medio de la oscuridad, de la incertidumbre más evidente una respuesta clara a su pregunta: ¿por qué lo amaba (tanto)? Y no podía encontrar una sola respuesta que la complaciera. Pisaba cosas extrañas a las que se fue acostumbrando de a poco. Era tonto, bastante inmaduro y por sobre todas las cosas un cobarde. Entonces, ¿por qué lo quería? El pánico surgió de golpe cuando imaginó que quizás al próximo paso podría caer en un pozo o en arena movediza. Y se paralizó. Quizá lo mejor era acampar. ¿Por qué lo amaba si no le convenía? Decidió seguir, a fuerza de fe en un camino confiable: decidió seguir. ¿Por qué lo quería? No lo podía entender, de la misma forma que era imposible entender allí el rumbo, el camino, el paso a continuación. Sin embargo seguía cada vez con más firmeza, caminaba a ciegas, porque sí. Y de pronto sintió un golpe tremendo en los dedos del pie derecho que chocaba contra lo que supuso sería una roca, y se fue al suelo.
Tendido su rostro tan cerca de la arena, el aliento entrando y saliendo, haciendo volar los granitos hacia un lado, hacia el otro. Su pelo y la arena. Sus dedos y la arena. No veía nada pero sentía todo. Su pie lastimado. Sus rodillas y la arena. Y otra vez el aliento que con su agitación le hacía tragar... arena. Lloró de pronto porque empezó a clarear. Lo amaba porque sí; aunque se tropezara, cayera y se lastimara. 
Giró sobre su propio cuerpo y se quedó boca arriba sonriente, mirando el cielo. Salir de las razones era amanecer, irónicamente, entendiendo todo; era desperezarse, aclarar la mente, dar unos pasos y revisar el horizonte, con una mano en la cintura, la otra a la altura de las cejas, sintiéndose lo suficientemente libre para ver... hacia dónde quería ir y a quién quería llevar con ella.

jueves, 12 de julio de 2012

Rompecabezas


Quisiera retener para siempre ese ruido. Quisiera retener el frío metálico de esa camilla sobre mi cuerpo sin más vestido que una panza de treinta y ocho semanas y un camisolín. Quisiera retener esos ojos hacia arriba andando, titilando. ¿Cuándo voy así, horizontal, mirando hacia arriba? Nunca, salvo que esté en una camilla. La violencia con la que se pliegan las patas de esta para pasar como un plato por ese pasador me produjo cierto pánico que también quisiera recuperar; solo para volver ahí: yo desapareciendo por esa ventana y vos despidiéndome para vernos del otro lado.  Incluso quisiera retener el dolor de serrucho de ilusionista partiéndome al medio en cada contracción pero sin partirme; quisiera retenerlo para volver ahí y sentir en la piel ese aire: si logro sentir el aire ya estoy ahí de nuevo.
Ella iba a amanecer por primera vez siempre que yo pujara lo suficiente y la hiciera amanecer. Vos no querías estar ahí -decí la verdad- porque estabas seguro de que te ibas a desmayar. Yo te amenacé tanto durante nueve meses que no tuviste más remedio que aceptarlo. Hicimos todos los cursos habidos y por haber para sanarte ese mal. Es que no es justo, pensaba yo mientras las ruedas de la camilla avanzaban haciendo un repetido chirrido, no es justo que todo me pase a mí, a mi cuerpo y vos solo por impresionable me dejes sola en este momento clave. Y todos estaban bien enterados de esta interna matrimonial y por ende más pendientes del gran inconveniente que sería que se desplomara en plena sala de partos tamaño hombre que si a mí me agarraba o no, por ejemplo, la peridural.
Las luces estaban bajas, bajísimas, eso lo recuerdo bien. Y la temperatura del lugar estaba muy alta. Vos no parabas de transpirar (te veías tan bien en ese ambo verde, te veías sexy como Derek Shepherd). Apenas unas linternas iluminaban el lugar por donde ella iba a salir. María de Santos se llamaba la anestesista: María... de... Santos. Sí. Se llamaba así: María de Santos. Música inolvidable. Tenía el pelo corto y una calidez de madre que hizo que nunca más me olvidara de ella y que me curara de Cruela, la partera olvidable.
Me quedé dormida. Cansada, agotada, después de la anestesia y con las contracciones a todo vapor dije Estoy cansada y María me dijo Dormí. Y yo me dormí con absurda facilidad y terminé de dilatar así, durmiendo. Tu mano, mi mano. Qué importantes son las manos. Y me desperté o me despertaron para empezar a pujar. No era tan fácil como yo pensaba pero, todo empezó a suceder simplemente. 
Vos parecías drogado de la emoción, porque yo no podía evitar chequearte entre contracción y contracción. Yo no estaba todo lo cómoda que hubiera querido; no sentía mucho las piernas y Cruela imbécil que quería ocupar tu lugar y te mandaba a mirar. ¡No quería que ella me abrace, quería que me abrazaras vos! Pero, igual me porté muy bien. No grité ni un poco. Mi mamá se había ocupado de decirme desde siempre que eran un horror las mujeres que gritaban como chanchos cuando iban a parir y también las que andaban sin ropa interior y que un día pudieran ser pisadas por un auto. En fin, no grité ni un poquito; aunque los que estuvieron ahí dicen que en realidad lo hice en un solo en un momento. En el último pujo. En el cuarto pujo, en el que le dije, le ordené a nuestra hija: "¡Clementina, salí!" con un i sostenido sobreagudo y, por fin, sacó la cabeza. Todos se envalentonaron ante tu inexistente naturaleza impresionable y te empezaron a hacer participar activamente: mirá, papá, tocale la cabeza. Yo creía que jugaban con fuego pero, qué iba a opinar yo con un ser humano atravesado en el canal vaginal. Así que le tocaste la cabecita y ya estabas extasiado. Un pujo más y salieron los hombros. ¿La sacan ustedes? Nos miramos y no lo dudamos. Era jabonosa, tan jabonosa y tan diminuta. Vos cortaste el cordón y si ahí te desmayabas ya no me importaba pero, no te desmayaste y te la llevaste para unos estudios. 
Yo me quedé ahí, como una fuente o un plato (de nuevo) después de un gran banquete, con los restos adentro y afuera de todo lo que había sido esa fiesta. Su limpieza fue otro parto que no quisiera retener.
En adelante son solo flashes.
Tener un hijo es un viaje impensable, inimaginable. Nada de lo que nadie nos cuente nunca va a acercarse siquiera un poco a esa experiencia; así retengamos todo, jamás podremos... contarla. Pero, si retenemos algo, siempre podremos volver; volver a ese día; volver a estar juntos.

martes, 3 de julio de 2012

Vencida

You've got to get in to get out
De todas mis tristezas hay una que no me visita con mucha frecuencia. Una que muy pocas veces en la vida me visita: es la tristeza del vencido. Yo no me doy por vencida ni aun vencida, como decía mi amigo. Soy dura de vencer. Mi cabeza muerde y vocifera vengadora incluso rodando por el polvo. Por eso no conozco bien esa tristeza pero, cuando viene la miro siempre seria y como por primera vez: es pura presencia, es pura noche, es pura pureza, es pura tristeza. Es vacío o más que vacío es ausencia. Es orgullo herido y herida abierta. Cuando viene esa tristeza, no hay amigo, palabra ni consuelo que se le atreva; tampoco hay lágrimas, solo guijarros en el alma y en la lengua. 
Luego de recibirla cierro las persianas y las puertas para darle la privacidad que necesita y se instala. No me sobra ni se burla, simplemente está y mira en seguimiento cada uno de mis pasos lentos, medidos. Sabe lo que voy a hacer y, tan dolorosa e indolente a la vez, no se queja ni se ofende. Los primeros pinchazos sobre el disco de pasta suenan mal por mi pulso pero, enseguida acomodo la aguja y el Concerto in D major op.35 de Tchaikovsky, empieza a sonar imponente. Y con el control de la tele saco el sonido y busco exactamente lo que quiero: patinaje artístico sobre hielo. Me acomodo, junto a esta tristeza en el sillón, tranquila porque nada me protege mejor de ella, nada anestesia más mi dolor. Así frente a la pantalla y abrazando fuerte mis rodillas, mis razones, explicaciones, motivos, teorías e ideas empiezan a borrarse, a desaparecer en esos giros, esos saltos y en esas gacelas que sobre cuchillas de fuego cortan con justicia el hielo que pisan. Y solo queda un agradable sopor entre esos acordes de cuerdas, la imagen, esa tristeza y yo. Toda racionalidad se esfuma en ese cuerpo que se estira, se ablanda, se expande y se retrae. En ese vuelo raso todo se esfuma. Todo se desviste en cada giro, en cada salto y lo único que queda es el corazón crudo que, como en un torno de alfarero, frágil y húmedo, al paso de cada vuelta, empieza a moldearse de nuevo.

lunes, 18 de junio de 2012

Volar remando

Nadie puede imaginarse lo que es la situación; ni siquiera haciendo yo uso de todo mi poder descriptivo. De las peores cosas que le podía pasar a mi tripulación esa le había pasado. Habíamos caído al agua con tal fuerza, con tal violencia que el barco rápidamente se llenó de agua y nos hundimos. Siempre habíamos teorizado sobre el asunto, sobre aquello que deberíamos hacer si el barco se hundía; porque era especialmente fácil de decir: remar, remar y remar. Seguir remando o remar más que nunca.
Veníamos volando en nuestra nave particular; una especie de barco de nogal, de unos cincuenta pies de largo que a fuerza de puro remar tenía la capacidad de volar por el cielo. Ni la ingeniería del barco ni los remos eran mágicos (no se confundan), era nuestro espíritu, el de los remeros, el que había descubierto determinada forma de remo que le permitía a nuestra nave elevarse y mantenerse en el cielo. Y así anduvimos aterrizando en el agua y despegando, paseando por el cielo, cruzando nubes y piloteando vientos. 
Yo siempre estuve ubicada en la proa, más precisamente como el timonel que no tenía nuestra embarcación, cumpliendo un rol fundamental: el de marcar el ritmo, alentar al equipo, percibir los vientos y dar todo tipo de indicaciones, como me gusta a mí.
Pero esa tarde de otoño sucedió lo inesperado: un viento arremolinado nos hizo perder tanta altura en tan poco tiempo que la caída fue inevitable. Intentamos un aterrizaje forzoso pero, no funcionó. Caímos con mucha velocidad y el hundimiento fue inminente. Todos seguíamos en nuestros lugares con nuestros remos pero, todo ahora abajo del agua, un lugar muy difícil para los que vivimos del aire. Me desesperé; sabía racionalmente lo que tenía que hacer pero, no podía traducirlo en hechos. Estar sin respirar, sin poder hablarle a mis compañeros más que por alguna seña de reojo, sintiendo que la garganta te va a explotar en cuestión de segundos... Me puse a remar mecánicamente, porque eso era lo único que se podía hacer para salir del agua pero, honestamente, mientras remaba y miraba los enormes agujeros de la base del barco sentía que no era posible; y me daban tantas ganas de soltar los remos... ¿Alguien intentó alguna vez llorar bajo el agua? Es pura opresión las ganas de llorar un mar en el mar mismo y no poder hacerlo pero, lo que más oprimía -lo entiendo hoy- era el miedo espantoso de no volver a volar. Pero seguí remando arriba y abajo, tal como lo habíamos hablado, tal como lo habíamos teorizado. A veces con una fuerza extraordinaria que no parecía mía y a veces a fuerza de pura voluntad y siempre a punto de claudicar. 
Y de pronto, cuando ya casi tenía decidido que una cosa es la teoría y otra muy distinta es la práctica, y que no tenía caso seguir remando por esta causa, noté que mis compañeros, inicialmente tan desesperados y desordenados como yo, copiaban uno a uno todos mis movimientos, aunque yo no les pudiera hablar, aunque yo estuviera en el mayor de los silencios y la incomunicación; ellos me percibían, me interpretaban y me seguían. Cuando noté esto recobré una energía que no viene más que del corazón y empezamos a remar en equipo: qué difícil que era, Dios, lo que estábamos haciendo pero, de a poco, muy de a poco, empezamos a subir. Y ni bien lo hicimos, ni bien pudimos sacar las cabezas del agua mi mensaje fue muy claro: los de las puntas seguiríamos remando y los del medio debían sacar como fuera el agua del bote. Todo pesaba una tonelada y cada dos movimientos parecía que nos íbamos a pique de nuevo o que el barco se iba a partir al medio pero, el trabajo de los que sacaban el agua empezó a dar sus frutos y el remar se empezó a alivianar, tanto que no tardamos en empezar a desplazarnos nuevamente, cada vez más livianos, cada vez más rápido, con el agua pasando como un espejo a los costados. Éramos una pluma y lo sentimos llegar. Sentimos llegar de a poco esa velocidad que cuando se cruza, cuando se atraviesa nos permite elevarnos. Y cuando eso sucede el resto es puro espíritu. 
Ni bien empezamos a subir el agua caía de a montones como de un colador pero, mis compañeros y yo teníamos más fuerza que nunca: estábamos volando como nunca tan livianos ni a tanta velocidad. Nos iba a costar mucho trabajo reparar la nave (porque en verdad se había dañado) pero, ahora solo necesitábamos probar que lo más fundamental seguía funcionando, que todavía sabíamos volar. Y así fue. Increíblemente, la enorme adversidad que acabábamos de sufrir nos había fortalecido, tanto que ninguno de nosotros volvió a ser el mismo, tanto que acabamos volando mucho, muchísimo más alto, llegando mucho, muchísimo más lejos.

domingo, 10 de junio de 2012

Darse

Terror. Eso fue exactamente lo que sentí ese día que quisiste darme un beso por primera vez y yo te corrí la cara. Ya te amaba y darte ese beso para mí era la confirmación de esa caída libre, incierta, peligrosa. Ya no era yo. Eras vos. El mundo eras vos, mi vida, mi felicidad, mi aire eras vos. Darte ese beso -traté de explicarte después- era como decirte con mis dos manos tomá, acá está mi corazón, es tuyo. ¿Cómo podía yo, así sin más, darle a otra persona algo tan delicado, tan sensible y cuidado como mi corazón? ¿Acaso el riesgo no era altísimo? ¿Quién podía cuidar de mi corazón tan bien como lo había hecho yo hasta ese momento? Trataste de no ofenderte; seguramente porque sabías por mis ojos que, aunque te diera vuelta la cara, yo ya era tuya, completamente tuya. Era cuestión de tiempo, ¿no? Que yo lo aceptara, que yo me entregara y que perdiera de a poco el miedo. Pero tenía terror y no sé si alguna vez se me fue. Ser yo sola era saber cuidarme, saber cómo cruzar una calle para que no me pisara un auto pero, de repente, mi corazón lo tenías vos, que eras otro fuera de mí. Otro a quien yo no podía cuidar de cómo cruzar la calle; ¿y si un auto te pisaba, por ejemplo, con mi corazón a cuestas qué iba a ser de mí? Por primera vez yo no podía controlar justamente lo más preciado. Y eso me aterraba. Y si bien supiste cuidar mi corazón por un buen rato, en algún momento te olvidaste de que lo tenías, o no te diste cuenta o no sé; pero ese terror, el de ese día parados al costado de la calle de tierra, yo con mi auto, vos con el tuyo a la sombra de esos paraísos del terreno municipal -gracias a ese destino que nos supo cruzar-, se cumplió como un mal presagio. Mi corazón fuera de mí se golpeaba tanto que empezó a sangrar, sangrar y desangrarse y yo no pude más que rogarte, que pedirte, suplicarte... y llorar mi propia impotencia, llorar silenciosa mi muerte. Todo eran golpes. Y así volvió a mí: apagado, agónico y magullado; dolorido (Dios, tan dolorido). ¿Valió la pena? Seguramente.

lunes, 28 de mayo de 2012

El regalo

La verdad... venir a morirte quince días antes del día de tu cumpleaños es de mal gusto. Especialmente de mal gusto para mí que ahora estoy cruzada de piernas sobre mi cama, sentada de indio mirando incrédula el ropero abierto y allí, en el tercer estante, el regalo. El regalo está; vos no. ¿Y ahora? -decime- ¿Qué hago yo con ese regalo único, distinto a todos los que hayas recibido alguna vez, pensado desde el corazón, desde la inteligencia, desde la observación y la creatividad? Más único, incluso, que ese que recibieras a los cinco años y que te dejara con la boca abierta. 
¿Por qué te moriste? Me muerdo el labio inferior y sonrío con sorna dejando salir un sonido gutural, imposible de escribir -un llanto reprimido, contenido tal vez-. ¿Acaso no sabés que soy una especialista en regalos? Sí, en regalos y en sorpresas. Ese regalo único y hecho a medida no se lo puedo dar a nadie más porque para nadie fuera de vos tendría  valor alguno. ¿Cómo pudiste morirte antes de recibir mi regalo? En todo caso debiera haber sido algo así como "recibir mi regalo y después morir..." Pero, no. Y el regalo me mira y yo lo miro. Nos miramos y no tenemos idea de qué decirnos. Yo me encojo de hombros y él nada; se ve afligido porque se sabe sin destinatario (imaginate lo trágico que es eso para un regalo). Yo le digo que no se preocupe, que muchas cosas además de él quedaron truncas para el día de hoy; por ejemplo o principalmente, un abrazo al amanecer... No un abrazo cualquiera, uno de cumpleaños. Uno de esos que cuando se dan se le agradece en silencio a Dios que esa persona haya nacido. Sí, muchas cosas quedaron truncas hoy.
Secas las lágrimas, decido que con ese regalo no puedo hacer nada más que dejarlo ahí, en ese lugar. Y mientras cierro la puerta del placard y hago sonar los huesos de mi tobillo derecho, como queriendo destrabar algo de todo esto, no puedo evitar preguntarme si con el tiempo, al igual que la plata guardada ese regalo se irá devaluando o al igual que el buen vino se hará más añejo. 

domingo, 13 de mayo de 2012

Mismas piedras

Luz estaba indignada y no podía parar de llorar. Se odiaba tanto a sí misma en ese momento que lo único que quería era darse de golpes pero, no lo hizo ni lo iba a hacer; así que se limitó a hundir su cabeza entre sus brazos sobre el volante mientras escuchaba esa canción que tan fácil le hacía la caída de las lágrimas. ¡Era lo mismo! ¡Era lo mismo!, fueron las únicas palabras que dijo, una y otra vez y de todas las formas posibles: ¡Era lo mismo! de corrido y mil veces, ¡Era lo mismo! más pausado y asombrado, ¡Era lo mismo! acompañado con gestos de una mano a veces, de las dos otras... ¡Era lo mismo! mirando al cielo, como una obviedad para el omnisciente. Estaba in-dig-na-da, así, separado en sílabas. Tanto que apenas podía respirar.

Luz lo supo (y lo negó) en el instante mismo en el que se sintió inevitablemente traccionada, tirada, atraída hacia Gelo, como si de un remolino o un huracán se tratara. Lo habría sospechado sin saberlo entonces, o lo tendría que haber sospechado: solo alguien tan parecido a Freddy podía arrasarla de esa manera. Pero, como el más común de los mortales, Luz no pudo resistirse a lo que vino cuando vino y así que pensó que quizá no era tan lo mismo; o que no eran exactamente lo mismo. Es más, llegó a convencerse de que eran bien distintos.  
Pero el tiempo pasó y sobre una herida, calcada, apareció la otra. Y sobre esas dos heridas, una aún mucho más dolorosa: la enorme frustración de sentir que no había aprendido nada.

lunes, 16 de abril de 2012

Ruteros

La belleza puede ser un camino. Puede ser, para mí, por ejemplo, subirme al auto y manejar. Manejar, manejar, manejar. Eso es la belleza para mí o al menos una de mis formas preferidas de belleza. Agarrar una ruta sin rumbo, escuchar la música apropiada y andar sin más tiempo que el sol rodando alrededor, dejándome sorprender, poco a poco, por los cambios de paisaje. Sentir el ronroneo del motor suave y amable, casi agradecido de que lo saque a pasear. Porque los dos disfrutamos y nos vamos lejos, bien lejos. Los autos aman las rutas, la ausencia de rebajes, la aceleración sostenida y eso se siente... bien. La belleza puede ser una experiencia única pero, si se comparte, lo único puede convertirse en sublime.

La iniciativa había sido mía, como de costumbre y por esa constante sensación de que si no se aprovecha, la vida es un derroche total. O quizá soy tan loca o tan barroca que siento la muerte ahí, al caer, lista para darme el guadañazo y quiero aprovechar cada minuto como si fuera el último. Como sea, no hacía mucho que salíamos y yo sabía bien que te gustaba manejar tanto como a mí y eso convertía al programa en algo perfecto. Solos vos, la ruta y yo. Tendrías que haberte visto la cara, por favor... Ya había aprendido entonces que a vos te gusta el viaje planificado y que eso de salir sin cronograma no era más que una fantasía improbable, mientras que para mí era un objetivo concreto: hacer camino al andar, con toda la adrenalina, con toda la excitación y emoción que eso supone. Y como algo me conocías vos también, supiste ni bien agarré la 6 con el tanque tan lleno de nafta, que lo del bautismo de Margarita, la hija de mi compañera de trabajo en Campana, era puro cuento. La pregunta Adónde vamos, infatigable y reiterativa, era en vos casi un tic y en mí una razón para la carcajada. Amás verme reír y solo por eso me lo seguías preguntando.

El sol empezaba a virar y vos me dijiste Ya está bien. Me toca a mí. Con cuánto placer te entregué el volante. Nos cruzamos atrás, cerca del baúl y mientras me despegaba los pantalones de las piernas para después estirarme toda, me abrazaste por sorpresa y me besaste tan lindo... exactamente así, como cuando me ponés la mano entre el cuello y la cara. Qué fácil es amarte, te dije o lo pensé. Y lo mejor, de nuevo, estaba por venir. Es que me gusta tanto tu andar... Ir en el asiento del acompañante para mí puede ser tan placentero como manejar. Si me gusta cómo maneja el que maneja podría decir que incluso me agrada más que manejar. Me relajo completamente  y me la paso mirando por la ventana y casi siempre en silencio. Adoro ese momento y lo disfruto. Qué bien que manejás te decía o pensaba, no sé. Pero lo pienso siempre y cada vez que me siento al lado tuyo en el auto, ¿sabés? Como si fuera la primera vez que te veo o la primera vez que me subo. ¿Adónde quiera?, me preguntaste incrédulo. Adonde quieras respondí triunfante. Hiciste bien en elegir la 34. 

Todo el camino fue hablar, conocernos más (todavía un poco más, siempre un poco más), matear, sentir que el cielo es el límite, que podríamos quizá dar la vuelta al globo en ochenta días y volver a horario el lunes para ir a trabajar; subir el auto a un ferry para cruzar mares y estrechos. Fue turnarnos para dormir, pelearnos, confesarnos, callarnos, mirarnos, acariciarnos y volver más enamorados (también un poco más, siempre un poco más). 

jueves, 12 de abril de 2012

Dulce compañía



Es triste, ¿no? Abrir un cajón, abrir una cajita y sacar de ahí un anillo suave, tibio, dorado solo para comprobar que, poniéndolo allí a donde pertenece, en el lugar exacto para el que fue creado, efectivamente, te sentís menos sola, incluso acompañada. Leés el grabado de adentro -como si hiciera falta leerlo...- ¿Te acordás? ¿Te acordás lo que dice allí? Y no podés evitar una lágrima, y después otra y después otra y después... 

Queda mucho por llorar,                                             todavía. 

lunes, 9 de abril de 2012

La oración

Todo por esos días era sollozar. Sollozar en el desayuno, sollozar lavándose los dientes, sollozar en el almuerzo, en el té y en la cena también. Sollozar en una fiesta y suspirar. Imaginarlo llegar, abrazarlo y sollozar. Todo en ella era sollozo y el sollozo era todo en ella; tanto que a veces se confundían. Es que lo extrañaba tanto y el dolor era verdaderamente insoportable. Quién podía, después de todo, vivir sin su corazón y portar, en cambio, en el medio del pecho un agujero gris, por donde entra un chiflete bárbaro, negro infinito como un aljibe ecoso seco, completamente seco. Quizá por eso tanto sollozar, para ver si así, a cuenta gotas saladas, al menos podía llenar con algo ese vacío de pesados adoquines. Pero no había caso; no era nada fácil vivir con el cuerpo por un lado y el corazón por el otro. Así que todo era dolor, silencioso dolor, doloroso dolor. Tan circular, tan desbordante, tan incontrolable era que llegado a su punto máximo, no tuvo más remedio que entregarse al mismo y rezar.
A veces era tan soberbia que se olvidaba de Dios. No por mala sino por estar demasiado convencida de que es ella quien maneja y gobierna todo lo relativo a su vida, sus  emociones, amores y desamores. Pero, oh sorpresa, este dolor la superaba en tanto que, cuando se acordó de Dios, corrió con desesperación a su encuentro, se arrodilló, lo abrazó  y, llorando, le suplicó "Señor mío y Dios mío: si me quiere, que no tarde él en venir a mí; y si no me quiere, que no tarde yo en irme de él, por favor..." 
Y esa fue toda su oración, la que repitió sin cesar, una y otra vez, hasta que se quedó dormida, profundamente dormida, tranquilamente dormida. Y se soñó feliz y en paz en ese Sur preferido, en ese Sur adorado y con el corazón en su lugar. 
Había sido esa, sin dudas, una buena oración.

miércoles, 28 de marzo de 2012

Aquí estoy




A veces, lo que queremos decir ya lo dijeron otros de manera insuperable.
PM


¿Por qué aguardas con impaciencia las cosas?
Si son inútiles para tu vida, inútil es también aguardarlas.
Si son necesarias, ellas vendrán y vendrán a tiempo.
¿Crees tú que el Destino se equivoca?
¿Piensas que el manzano dará una manzana menos de las que debe dar en la estación?
¿Imaginas que va a olvidar el rosal alguna rosa?
La espuela de tu deseo sería como el afán de esos industriales que maduran la fruta a destiempo, para más pronto enviarla a los mercados.
Sería como el ansia del niño que bebe la limonada antes de que acabe de disolverse el azúcar.
"Yo no puedo vivir sin esto" -dices.
Di más bien: -"No puedo vivir con este deseo".
Si escondes tu ansiedad en lo hondo de tu corazón y sólo dejas que asome una quieta, dulce y suspiradora esperanza, más pronto de lo que imaginas lo soñado llegará sonriendo y te dirá: "AQUÍ ESTOY".
Amado Nervo
(1870 - 1919)

domingo, 25 de marzo de 2012

Pérdidas

A fuerza de puro lijar y lijar, va pasando, de a poco, la tristeza. Se hace polvo terracota y se disipa, como el óxido antiguo del portón que me pide, me suplica, lo reviva. Y ahí estoy yo, lija que te lija, con una fuerza extraordinaria, que no viene -por supuesto- de mis brazos flacos, sino de mi alma espartana nacida de no sé dónde.
Basta de pérdidas, me exhorto a mí misma. Esta semana sufrí una grande: mi sillón blanco; mi mullido y conocido (por mis conocidos) sillón blanco. Ese sillón que nunca más podré volver a conseguir, ese que no tiene precio y al que, forzosamente, tuve que ponerle uno. Se fue, como casi todo lo que quiero últimamente se fue, como mi unicornio azul se fue. O, mejor dicho, lo tuve que dejar ir, lo que hace que la pérdida duela un poco más. Se fue por el portón, el mismo portón que estoy lijando, y con él, o mejor dicho arriba de él, se fueron las siestas al sol, tantas lecturas, reuniones y arrumacos. Se fue para siempre, con la misma tristeza con la que en la vejez se pierde un recuerdo. No saltes en el sillón, Clemen suena ahora como un eco lejano, como un sueño que se escapa, aunque lo quiera atrapar y hacer entrar en mi alma, como al sillón mismo en mi minúscula casa.
Entre lija y lija pasan los nuevos vecinos que, amables, aportan todo tipo de comentarios, excepto los ofensivos. El polvillo se dispersa un tanto y otro tanto queda atrapado entre los pliegues de mis trenzas, uñas y ropa. Los jubilados sentados en los cajones invertidos de cerveza me miran y comentan algo que no quiero ni saber. Uno de esos es el que el otro día me dijo algo de nacer y morir hermosa. Vivo en el centro de este pueblo y eso para mí es una novedad. Todo el mundo pasa por acá para ir o para venir. Y es por eso mismo que yo, de tanto en tanto, con esa tristeza calma que viene de la paz, me asomo como los jubilados por la ventana -cabeza apoyada en la mano izquierda- solo para ver si en una de esas te veo pasar cuando vas o cuando venís, con la esperanza de recuperar -aunque más no sea por un instante- algo de todo lo mucho (demasiado) que vengo perdiendo en tan poco (poquísimo) tiempo.

domingo, 18 de marzo de 2012

Un día


Yo no quería mostrar lo que me pasaba pero, como todo, como las lágrimas, se me sale solo. Se mostraron así el amor y el dolor como las dos caras de una moneda. Se me muestra, a veces, de golpe y como un golpe -un golpe tremendo que me deja boca abajo y doblada en el piso-. ¿De qué está hecho mi corazón?, me pregunto. ¿Qué gen, qué prenda posee que lo hace tan incondicional? ¿Será una especie de incubadora, tal vez, que todo lo contiene y mantiene tibio y con vida? Ay de mí. Cuando creo que ya está, que ya no queda nada más por qué matar o morir o sufrir, un destello ínfimo, un asomo de algo (ni siquiera digno de llamarse ternura), un gesto imperceptible, una palabra o simplemente mi nombre pronunciado por tu voz, hace que se muestre todo de nuevo y que de golpe resucite. Ay de mí. Visto así, decime por Dios… ¿tan difícil era amarme? Quién, mi vida, quién puede conmoverse y revivir con tanta facilidad. Y un fallido, como una lección, como una enseñanza, viene, según su costumbre, cambiando la letra de una canción y llorando que Un día volverás /y me sabrás amar.