martes, 20 de octubre de 2015

El embrujo

                                                 Para GG


¿No te dio esa impresión a vos también?... ¿De que pasamos juntos casi siete horas y podrían haber sido siete mil, así como si nada? Subiendo y bajando escaleras de subtes y trenes, caminando Corrientes para un lado, Corrientes para el otro... Perdiéndonos perdidos en la corriente. Por momentos conociédonos en eso de hablar (que tan bien nos sale), por momentos muy serios pensando interiormente quién y por qué te habrá engualichado, por momentos riéndonos a carcajadas, una mano, una caricia, una cama que cae de la pared, un carterazo...
Así podrían haber pasado siete mil horas, yendo de una terminal de subte a otra, como nadando, como flotando. Siete mil horas en redondo, en un laberinto cuya salida se ruega interiormente no encontrar. Es que el tiempo es circular, ¿no? Y agarrarnos la noche, y agarrarnos la lluvia y seguir andando. Tal vez buscar un techito, un árbol, una madriguera, algo, para respirar, hablar, susurrar, mirarnos o seguir pensando...
Estoy embrujado fue tu conclusión seria de hoy. 
Dejame contarte un secreto: yo también. Siete mil horas perdida en vos, siete mil horas perdida en Buenos Aires.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Otra historia

Cuando lo vio llegar, cuando confirmó su presentimiento de que efectivamente se trataba de él, de Ulises, simplemente casi se infarta. Lo daba por muerto; hacía años que lo daba por muerto. Eso de tejer y destejer no era más que un recurso para no tener que volver a comprometerse ni casarse con nadie y no porque todavía amara a Ulises y creyera que fuera a volver (¿cómo podía amarlo después de todo lo que había pasado, después de veinte años de ausencia? Esa, la que estaba locamente enamorada de él, era otra que ella ya no conocía; y él... apenas pudo reconocerlo y solo porque siempre fue muy perceptiva: le conocía el paso, el porte, el olor; hasta las uñas). 
La verdad era que solamente una vez estuvo dispuesta a volver a casarse, mucho antes del asunto de la tela, pero ese hombre, Antínoo, el único capaz de curar su gran pena de amor y llenarle el alma de alegría, después de casi cuatro años de franco romance, se le fue; sin saber bien cómo ni por qué se le fue. No como Ulises que se había ido a la guerra para quizás algún día volver. No... este se le había ido a ella, ella lo había perdido, tal vez por tonta, tal vez torpe. Y entonces se puso a tejer el sudario pensando y repensando entre una vuelta y otra de hilo en qué se había equivocado, por qué no lo pudo hacer feliz, por qué en definitiva no la había dejado terminar de amarlo; porque ella no lo había terminado de amar todavía; ¿qué hacía ella ahora con tanto amor? Penélope tenía el corazón roto, tan roto como solo recordaba haberlo tenido esa vez cuando Ulises se fue: la nave desapareciendo en el horizonte y la pena cubriéndolo todo, incluso su embarazo. El ruido del mar y la bruma mezclada con un cielo nublado mostraban a través de esa ventanita un paisaje igualmente triste al de esa vez. Todo la hacía llorar. Se oían algunas gaviotas que quizá estaban tristes también -o al menos así lo sentía Penélope- y ella miraba con cierta rigidez y vejez en la cara -que más que vejez era angustia-, ese paisaje melancólico, ese horizonte conocido. Quizá volvería alguna vez; quizás alguna vez se diera cuenta... Y volvía ella a sus hilos, sintiendo venir desde abajo el bullicio de esos pretendientes que, enterados de su desamor, parecían ver en ella la única mujer rica, hermosa y soltera en varios kilómetros a la redonda. Por eso insistían y la solicitaban y Penélope los odiaba tanto. Los odiaba porque eran vividores, vagos, poco hombres, bah, en verdad los odiaba porque no eran Antínoo. Entonces se le ocurrió lo del sudario. Les dijo a esos hombres que cuando terminara el gran sudario que estaba tejiendo para el día que muriera Leartes ella elegiría marido. Y como lo de astuta lo había aprendido de Ulises aquello que tejía de día, en su mayoría destejía de noche esperando que su tristeza se pasara o que Antínoo volviera.
Y de golpe, sin que el día diera la menor señal ni anuncio de suceso, ahí estaba parado Ulises, después de veinte años. Cuánto lo había amado y cuánto le había costado dejar de amarlo, liberarse de ese amor, asimilando la idea de su muerte. Pensó realmente que se iba a desmayar porque entre todas las cosas que creyó le podían pasar en la vida esta no figuraba como probable. Había sido un sueño. Su regreso había sido solo un sueño durante años, muchos, los primeros después de su partida; un sueño al que ya hacía mucho tiempo había renunciado. Supo entonces que lo primero que tenía que hacer era sacarse de una vez y para siempre a esos zánganos de encima, así que tuvo la idea de proponer que quien lograra tensar el arco imposible de Ulises sería aquel a quien ella tomaría por esposo. Ella sabía muy bien que el único capaz de hacer eso era el mismo Ulises. Y así fue. Cuando llegó su turno y ella lo vio caminar, tomar el arco y flexionar su codo... Cuando lo vio mirarla al pasar y tensar el arco como nadie lo había podido hacer, la realidad se le impuso paralizándola: Ulises había vuelto de la muerte. Todos supieron enseguida que ese no podía ser otro más que él, así que huyeron muertos de temor y ellos se quedaron solos en el medio del caos que habían dejado todos esos años de ausencia.
No hablaron. Se abrazaron y se besaron con pasión, con mucha emoción pero con extrañeza. Ellos, los de entonces, ya no eran los mismos. Ulises parecía amarla incluso más que antes, como si la distancia, el tiempo y lo vivido le hubieran hecho valorarla todavía más. Penélope, en cambio, todavía llevaba adentro su corazón roto por otro hombre y tenía que hacerse la idea de que aquel que creía muerto ahora estaba a su lado pidiéndole que lo ame. Eran dos desconocidos que venían de caminos completamente distintos, y Ulises no tardó mucho en darse cuenta de esto: la mujer que él amaba con tanta pasión ya no era la misma. Por eso, lo que la historia no cuenta es que ellos, en un proceso que no fue ni corto ni sencillo, a partir de esa noche tuvieron que elegir conocerse de nuevo y amarse de nuevo. Se dieron la mano, sonrieron -hacía cuánto tiempo que Penélope no sonreía- y después de mucho hacer el amor, se quedaron más abrazados que nunca, hablando hasta altas horas de la noche de lo que había sido de la vida de uno, de lo que había sido de la vida del otro, y por qué no, de lo que podría ser en adelante la vida de los dos juntos.  

viernes, 24 de agosto de 2012

El peine lila

No hago más -pobre de mí- que pensar en vos todo el día y soñarte todas las noches. Sí, todas las noches. Tengo que confesarte -qué barbaridad- que esto me hace sentir tristemente bien, porque es como si no te hubieras ido, como si no te extrañara una vida. La noche me consuela el día sin vos. Nos vemos y nos reímos tanto; como si fuera martes a la tarde, siempre como si fuera martes. Anoche soñé, por ejemplo, que estaba en tu casa el peine lila, ¿te acordás? Mi peine lila, tan único y tan mío como solo puede serlo un peine lila, grande, de dientes anchos, con un montón de florcitas en pastel, que me traje hace once años de mi viaje a Marruecos. Un peine capaz de sobrevivir a siete mudanzas y no sé cuántas vacaciones, sabés bien, no es un peine cualquiera. Esta vez estaba en tu baño y yo te comenté tierna, después del café rebosante de complicidad, que aunque Borges decía que no se puede disimular la felicidad, no era conveniente que mi peine quedara ahí. Vos me diste la razón, como siempre. Y mi peine lila se quedó ahí, para siempre.

jueves, 9 de agosto de 2012

Transparencias

Dudo si escribir estas palabras,
si caminar sobre estas letras,
deshojarme más y más
dejando salir el néctar.
Dudo por la luz
que ilumina mi dolor y sin pudor muestra el vacío.
Por el rubor de rodar
por abajo de talentos y razones
que se me caen, se me rompen
y como puedo atajo
para volver a respirar
creo -ay, al menos por un rato-
para no ser eterno un día,
tan fantasma un día,
para que pase una hora más rápido.
Dudo, al final,
por miedo a perder los huesos todos,
mi orgullo completo.
Pero me animo.
Me animo y me río.
Todo es vos, vos no estás, todo es nada.

lunes, 23 de julio de 2012

Nuevo Rumbo

La mujer era tan bella como una escultura en el medio del paisaje, con una mano en la cintura y la otra a la altura de las cejas, cubriéndose del sol, escrutando el horizonte o algo semejante. Todo lo demás era desierto, una mañana hermosísima en el desierto, con el sol ya calentando y la arena todavía fría. El pelo le caía pesado y dorado sobre la espalda, confundiéndose a veces con tanto rayo de luz. 
Nuevo Rumbo le sonaba a ella a nombre de equipo de fútbol de barrio pero, no había, gramaticalmente hablando, posibilidad de formar ninguna otra frase que le hiciera justicia a ese paisaje, a su corazón: solo esas dos. 
Había llegado ahí después de caminar toda la noche helada, congelada (las dos, la noche y ella). Había caminado a ciegas porque la luna vestida de nueva no había sabido guiar ni un poco sus pasos. Eso sí, sus sentidos, institntos y percepcióln se habían aguzado tanto que por momentos sentía que sus ojos, los del alma, eran verdaderos faros, poderosos follows. La mayoría de la gente, de los pocos peregrinos con los que se cruzaba, preferían acampar durante la noche. Decían que era demasiado riesgoso atravesarla a pie, que el clima, que los animales, que la ceguera total, que los dioses oscuros. Ella lo sabía y lo entendía. Muchas veces sentía verdadero terror pero, no podía renunciar a la experiencia, al crecimiento. 
La noche la había pasado llorando, casi por completo. Tratando de entender, buscando en el medio de la oscuridad, de la incertidumbre más evidente una respuesta clara a su pregunta: ¿por qué lo amaba (tanto)? Y no podía encontrar una sola respuesta que la complaciera. Pisaba cosas extrañas a las que se fue acostumbrando de a poco. Era tonto, bastante inmaduro y por sobre todas las cosas un cobarde. Entonces, ¿por qué lo quería? El pánico surgió de golpe cuando imaginó que quizás al próximo paso podría caer en un pozo o en arena movediza. Y se paralizó. Quizá lo mejor era acampar. ¿Por qué lo amaba si no le convenía? Decidió seguir, a fuerza de fe en un camino confiable: decidió seguir. ¿Por qué lo quería? No lo podía entender, de la misma forma que era imposible entender allí el rumbo, el camino, el paso a continuación. Sin embargo seguía cada vez con más firmeza, caminaba a ciegas, porque sí. Y de pronto sintió un golpe tremendo en los dedos del pie derecho que chocaba contra lo que supuso sería una roca, y se fue al suelo.
Tendido su rostro tan cerca de la arena, el aliento entrando y saliendo, haciendo volar los granitos hacia un lado, hacia el otro. Su pelo y la arena. Sus dedos y la arena. No veía nada pero sentía todo. Su pie lastimado. Sus rodillas y la arena. Y otra vez el aliento que con su agitación le hacía tragar... arena. Lloró de pronto porque empezó a clarear. Lo amaba porque sí; aunque se tropezara, cayera y se lastimara. 
Giró sobre su propio cuerpo y se quedó boca arriba sonriente, mirando el cielo. Salir de las razones era amanecer, irónicamente, entendiendo todo; era desperezarse, aclarar la mente, dar unos pasos y revisar el horizonte, con una mano en la cintura, la otra a la altura de las cejas, sintiéndose lo suficientemente libre para ver... hacia dónde quería ir y a quién quería llevar con ella.

jueves, 12 de julio de 2012

Rompecabezas


Quisiera retener para siempre ese ruido. Quisiera retener el frío metálico de esa camilla sobre mi cuerpo sin más vestido que una panza de treinta y ocho semanas y un camisolín. Quisiera retener esos ojos hacia arriba andando, titilando. ¿Cuándo voy así, horizontal, mirando hacia arriba? Nunca, salvo que esté en una camilla. La violencia con la que se pliegan las patas de esta para pasar como un plato por ese pasador me produjo cierto pánico que también quisiera recuperar; solo para volver ahí: yo desapareciendo por esa ventana y vos despidiéndome para vernos del otro lado.  Incluso quisiera retener el dolor de serrucho de ilusionista partiéndome al medio en cada contracción pero sin partirme; quisiera retenerlo para volver ahí y sentir en la piel ese aire: si logro sentir el aire ya estoy ahí de nuevo.
Ella iba a amanecer por primera vez siempre que yo pujara lo suficiente y la hiciera amanecer. Vos no querías estar ahí -decí la verdad- porque estabas seguro de que te ibas a desmayar. Yo te amenacé tanto durante nueve meses que no tuviste más remedio que aceptarlo. Hicimos todos los cursos habidos y por haber para sanarte ese mal. Es que no es justo, pensaba yo mientras las ruedas de la camilla avanzaban haciendo un repetido chirrido, no es justo que todo me pase a mí, a mi cuerpo y vos solo por impresionable me dejes sola en este momento clave. Y todos estaban bien enterados de esta interna matrimonial y por ende más pendientes del gran inconveniente que sería que se desplomara en plena sala de partos tamaño hombre que si a mí me agarraba o no, por ejemplo, la peridural.
Las luces estaban bajas, bajísimas, eso lo recuerdo bien. Y la temperatura del lugar estaba muy alta. Vos no parabas de transpirar (te veías tan bien en ese ambo verde, te veías sexy como Derek Shepherd). Apenas unas linternas iluminaban el lugar por donde ella iba a salir. María de Santos se llamaba la anestesista: María... de... Santos. Sí. Se llamaba así: María de Santos. Música inolvidable. Tenía el pelo corto y una calidez de madre que hizo que nunca más me olvidara de ella y que me curara de Cruela, la partera olvidable.
Me quedé dormida. Cansada, agotada, después de la anestesia y con las contracciones a todo vapor dije Estoy cansada y María me dijo Dormí. Y yo me dormí con absurda facilidad y terminé de dilatar así, durmiendo. Tu mano, mi mano. Qué importantes son las manos. Y me desperté o me despertaron para empezar a pujar. No era tan fácil como yo pensaba pero, todo empezó a suceder simplemente. 
Vos parecías drogado de la emoción, porque yo no podía evitar chequearte entre contracción y contracción. Yo no estaba todo lo cómoda que hubiera querido; no sentía mucho las piernas y Cruela imbécil que quería ocupar tu lugar y te mandaba a mirar. ¡No quería que ella me abrace, quería que me abrazaras vos! Pero, igual me porté muy bien. No grité ni un poco. Mi mamá se había ocupado de decirme desde siempre que eran un horror las mujeres que gritaban como chanchos cuando iban a parir y también las que andaban sin ropa interior y que un día pudieran ser pisadas por un auto. En fin, no grité ni un poquito; aunque los que estuvieron ahí dicen que en realidad lo hice en un solo en un momento. En el último pujo. En el cuarto pujo, en el que le dije, le ordené a nuestra hija: "¡Clementina, salí!" con un i sostenido sobreagudo y, por fin, sacó la cabeza. Todos se envalentonaron ante tu inexistente naturaleza impresionable y te empezaron a hacer participar activamente: mirá, papá, tocale la cabeza. Yo creía que jugaban con fuego pero, qué iba a opinar yo con un ser humano atravesado en el canal vaginal. Así que le tocaste la cabecita y ya estabas extasiado. Un pujo más y salieron los hombros. ¿La sacan ustedes? Nos miramos y no lo dudamos. Era jabonosa, tan jabonosa y tan diminuta. Vos cortaste el cordón y si ahí te desmayabas ya no me importaba pero, no te desmayaste y te la llevaste para unos estudios. 
Yo me quedé ahí, como una fuente o un plato (de nuevo) después de un gran banquete, con los restos adentro y afuera de todo lo que había sido esa fiesta. Su limpieza fue otro parto que no quisiera retener.
En adelante son solo flashes.
Tener un hijo es un viaje impensable, inimaginable. Nada de lo que nadie nos cuente nunca va a acercarse siquiera un poco a esa experiencia; así retengamos todo, jamás podremos... contarla. Pero, si retenemos algo, siempre podremos volver; volver a ese día; volver a estar juntos.

martes, 3 de julio de 2012

Vencida

You've got to get in to get out
De todas mis tristezas hay una que no me visita con mucha frecuencia. Una que muy pocas veces en la vida me visita: es la tristeza del vencido. Yo no me doy por vencida ni aun vencida, como decía mi amigo. Soy dura de vencer. Mi cabeza muerde y vocifera vengadora incluso rodando por el polvo. Por eso no conozco bien esa tristeza pero, cuando viene la miro siempre seria y como por primera vez: es pura presencia, es pura noche, es pura pureza, es pura tristeza. Es vacío o más que vacío es ausencia. Es orgullo herido y herida abierta. Cuando viene esa tristeza, no hay amigo, palabra ni consuelo que se le atreva; tampoco hay lágrimas, solo guijarros en el alma y en la lengua. 
Luego de recibirla cierro las persianas y las puertas para darle la privacidad que necesita y se instala. No me sobra ni se burla, simplemente está y mira en seguimiento cada uno de mis pasos lentos, medidos. Sabe lo que voy a hacer y, tan dolorosa e indolente a la vez, no se queja ni se ofende. Los primeros pinchazos sobre el disco de pasta suenan mal por mi pulso pero, enseguida acomodo la aguja y el Concerto in D major op.35 de Tchaikovsky, empieza a sonar imponente. Y con el control de la tele saco el sonido y busco exactamente lo que quiero: patinaje artístico sobre hielo. Me acomodo, junto a esta tristeza en el sillón, tranquila porque nada me protege mejor de ella, nada anestesia más mi dolor. Así frente a la pantalla y abrazando fuerte mis rodillas, mis razones, explicaciones, motivos, teorías e ideas empiezan a borrarse, a desaparecer en esos giros, esos saltos y en esas gacelas que sobre cuchillas de fuego cortan con justicia el hielo que pisan. Y solo queda un agradable sopor entre esos acordes de cuerdas, la imagen, esa tristeza y yo. Toda racionalidad se esfuma en ese cuerpo que se estira, se ablanda, se expande y se retrae. En ese vuelo raso todo se esfuma. Todo se desviste en cada giro, en cada salto y lo único que queda es el corazón crudo que, como en un torno de alfarero, frágil y húmedo, al paso de cada vuelta, empieza a moldearse de nuevo.