Se largó a llorar con todo en Buenos Aires y la casa se empezó a inundar. El agua que entró primero lo hizo por la vieja filtración del techo de la cocina cuyo arreglo siempre postergamos; luego, empezó a entrar, suave pero constante, por debajo de la puerta ventana del living. Yo corrí con un trapo seco y unos baldes para evitar el desastre pero, no hubo caso. Lloraba demasiado en Buenos Aires. Mucho y salado lloraba aquella noche. Y cuando me quise dar cuenta, ahí estaba yo, entre las cajas, que al principio se resistían a flotar, mojándome los pies descalzos y las botamangas arremangadas de un viejo jean. Los ojos, mis ojos, ya no eran los mismos porque por ahí también había una gran pérdida. ¿Cómo puede llorar tanto en febrero? Todo lo que alguna vez estuvo en su lugar ahora navegaba de un ambiente a otro, incluso los baldes y los trapos; los dibujos llenos de témperas de colores se empezaban ahora a desteñir y a teñir todo. Y, para colmo, pensaba, sin los cuadros, las cortinas y los estantes... sin un solo alimento ni elemento para cocinar, la casa se veía enorme y yo, todavía, mucho más chica. Casi tan chica como mi propia hija, a la que no le gusta que llore tanto, porque los truenos le dan miedo (¿a quién no?). Era una especie de naufragio -de eso estoy segura-, así que decidí que lo mejor era meterme en la cama, pequeña gran balsa contenedora. Pero, el golpe fue fatal: descubrí, midiendo con los brazos el colchón que vos no estabas ahí y que yo estaba sola, como siempre o más que nunca. ¿Por qué nunca estás cuando llora en Buenos Aires?, me pregunto furiosa. Y la cama así se volvió más grande y yo, así también, me volví todavía más chiquita. Y entonces otra vez, una vez más, se largó a llorar con todo, pero esta vez, arriba de la cama, y desde allí hacia el suelo y del suelo hacia todo alrededor. Otro día, algún otro día, volvería a construir todo de nuevo pero, primero tenía que parar de llorar y salir el sol, ese que secaría todo, incluso las lágrimas.
martes, 28 de febrero de 2012
lunes, 20 de febrero de 2012
Alas
Sin embargo, por momentos bajaba la marcha. Y las alas como dos gigantes heridos, jadeaban al compás de su paso, frenando su aleteo pero no tanto. Y no era agotamiento, juro que no era agotamiento porque se notaba en su mirada luminosa y su sonrisa desafiante, que esto era solo el comienzo. En esa marcha pausada, sonoramente respirada ella, que ahora no volaba, seguía atrayendo todas las miradas, devorándolas a cada paso. Porque no estaba descansando, estaba juntando más de eso que necesitaba para en tres, dos, uno despegar, todavía más rápido, más segura para esta vez elevarse mucho, muchísimo más alto. Y así lo hizo y cómo lo hizo.
No hay palabras para describir ese instante. Simplemente, después de correr algunos metros, sus alas comenzaron a crecer, a agitarse y se elevó y voló. Voló tan alto, tan alto que ella no podía más que disfrutar. Así que, dejándose acariciar por la brisa espesa de esa noche de febrero, no pudo más que mirar bien alto para gozar de cómo pasaban, también volando, las copas de los árboles sobre su cabeza, a la manera de la luz parpadeante de los viejos proyectores de cine. Tan agradable era esa sensación que ella se dejó suspendida en el aire, divertida, planeando y girando como los pájaros, hacia un lado y hacia el otro.
Ella sabía bien lo que la esperaba y no daba la impresión de sentir miedo; todo lo contrario. Esa imagen de tierna ave voladora se confundía con la de una suerte de guerrera espartana. Porque abajo, unos metros más adelante la estaba esperando el fin mismo. Apuntándole. Y ella lo sabía y, luego de sus pausas y sus juegos, cuando vio que se acercaba, voló encantada directamente hacia ese destino. A propósito, a conciencia.
La adrenalina y el sudor se multiplican tanto que ya no queda espacio para el miedo. Es de noche y no siente miedo. Ve la luz colorada que le apunta directamente al pecho, que la va a matar y no siente miedo. Al contrario: ahora la mira desafiante y va hacia ella cortando el aire mismo a su paso. Sabe que está batiendo todos sus records y se siente feliz.
Y la luz se va agrandando en el pecho, o al menos ella así lo siente, y al otro lo ve cada vez mejor, cada vez más cerca. Solo él sabe cuándo va a disparar. Ella, en cambio, solo sabe que eso va a suceder pero no puede precisar cuándo; sabe que a partir de determinada distancia es cuestión de segundos. Así que para no demorar lo inevitable corre todavía más fuerte, más fuerte, más fuerte y muere... como en una pausa eterna. Las alas se expanden y ella toda, como un pañuelo blanco que flamea, cae desde lo alto, desde lo más alto cae, liviana y constante, hasta desplomarse en el suelo. Y así se queda: despeinada, salada de transpiración y con las mejillas totalmente rosas.
Ella sabía bien lo que la esperaba y no daba la impresión de sentir miedo; todo lo contrario. Esa imagen de tierna ave voladora se confundía con la de una suerte de guerrera espartana. Porque abajo, unos metros más adelante la estaba esperando el fin mismo. Apuntándole. Y ella lo sabía y, luego de sus pausas y sus juegos, cuando vio que se acercaba, voló encantada directamente hacia ese destino. A propósito, a conciencia.
La adrenalina y el sudor se multiplican tanto que ya no queda espacio para el miedo. Es de noche y no siente miedo. Ve la luz colorada que le apunta directamente al pecho, que la va a matar y no siente miedo. Al contrario: ahora la mira desafiante y va hacia ella cortando el aire mismo a su paso. Sabe que está batiendo todos sus records y se siente feliz.
Y la luz se va agrandando en el pecho, o al menos ella así lo siente, y al otro lo ve cada vez mejor, cada vez más cerca. Solo él sabe cuándo va a disparar. Ella, en cambio, solo sabe que eso va a suceder pero no puede precisar cuándo; sabe que a partir de determinada distancia es cuestión de segundos. Así que para no demorar lo inevitable corre todavía más fuerte, más fuerte, más fuerte y muere... como en una pausa eterna. Las alas se expanden y ella toda, como un pañuelo blanco que flamea, cae desde lo alto, desde lo más alto cae, liviana y constante, hasta desplomarse en el suelo. Y así se queda: despeinada, salada de transpiración y con las mejillas totalmente rosas.
Las alas, inertes, cual lecho de muerte la hacían todavía más hermosa. Todos se acercaban a verla porque era imposible no hacerlo, no sentirse atraído. Pero, no eran las alas níveas, ni el sudor, ni la muerte misma lo que los atraía. Era la sonrisa que le había quedado dibujada en el rostro. Era la sonrisa de felicidad más genuina que se pudiera haber visto; era una sonrisa de puro triunfo que atravesaba la sensibilidad de todo aquel que la mirara o simplemente pasara cerca. Ella, por fin, había logrado en vida el que siempre había sido su único objetivo: perderle el miedo a la muerte.
lunes, 9 de enero de 2012
Tu casa
Se está mejor en casa que en ningún sitio
D.
Yo soy, Clemencita, como el sótano de la casa de Dorita. Todavía nunca te conté el Mago de Oz pero, vos sabés que a mí las historias no me interesan tanto por lo que dicen sino por el efecto que me provocan cuando las leo. En esa historia, la del Mago de Oz, un tornado poderosísimo se lleva la casa de Dorita con todo y ella misma. La situación era bastante angustiante y a partir de esa historia podría decirte que yo me empecé a interesar por los tornados, aunque mi mamá se esforzó mucho en hacerme entender que era imposible que alguno llegara a Buenos Aires. En fin, como sea, nunca dejé de prestarles atención y por eso noté, rápidamente, que en muchas películas norteamericanas casi todas las casas tenían sótano. Y a mí me pareció una genialidad... Que la tierra te guarde, te cuide, te proteja me parecía algo espectacular, algo así como lo que tenía que ser. Que se burle del viento malvado y de su abuso de poder. Para mí mirar una casa con sótano era sinónimo de seguridad, firmeza y protección.
Quizá de chica una intuye, presiente o construye aquello que le va a pasar. Quizá por eso yo siempre sentada de indio y con la cara llena de pecas miraba muy seria los sótanos que aparecían en el televisor. Quizá porque yo sabía que -aunque mi mamá dijera que los tornados nunca llegarían a Buenos Aires- uno grande iba a venir en algún momento, siempre afirmaba para mis adentros que mi casa sí o sí iba a tener un buen sótano. Y ahora lo siento, mi amor. El tornado se viene y va a levantar nuestra casa, nuestros rincones, los ruidos conocidos y las paredes de colores. Se van a desarmar los muebles y las almas. Las lámparas van a caer y mucho se va a romper y otro tanto a desparecer. Va a doler, mi amor, va a doler. Pero tu mamá tan precavida, desde aquella vez que miró el Mago de Oz hasta hoy, empezó a construir un sótano precioso, cálido y protector. Y ese sótano soy yo. Tu techo es mi pelo, mis ojos tu sol, ese que entra por una rendija de madera y entibia cada rincón. Mis brazos son tu cuarto y mi pecho tu almohada. No llores, mi niña, que estamos en casa. Aunque se vuelen los techos y se caigan las cortinas, en mi voz están los cuentos y los cantos, en mis dedos los colores que juntos traen la magia que nos lleva a un mundo... que nos lleva a ese mundo. Cuando las paredes se caigan y el piso en el que bailamos desaparezca, no llores mi niña... tu casa soy yo: fuerte, firme y cálida.
jueves, 13 de octubre de 2011
En el tren
Las dos mujeres habían coincidido en el mismo vagón
de tren, probablemente, de regreso a sus casas. A las dos las separaba, además
de varios años de edad, un abismo social. En realidad el abismo era
especialmente intelectual, aunque a la mujer mayor este abismo la separaba de
casi todo el resto del mundo, porque pocas personas “normales” dedican su vida
al estudio como ella lo hiciera. Para ser justos, las dos eran hermosas mujeres bien distintas.
Estaban una sentada casi enfrente de la otra, excepto por una fila de asientos intermedia,
la más joven del lado de la ventana y la mayor del lado del pasillo. Se miraban
de vez en cuando solo para matar el aburrimiento y no rendirse al acompasado arrullo
mecánico de las dos de la tarde.
La mujer mayor venía enojada
consigo por no haberse acordado de meter en su bolso a Dona Flor, capaz de
evadirla de cualquier realidad por más desagradable que esta fuera y para colmo
ni siquiera había conseguido ese libro que el terapeuta de pareja les había
digamos “recetado”. Su matrimonio era un desastre fosilizado y con los años y la
parálisis ella se había fosilizado también. Pero, poco importaba eso ahora. La
cuestión era que en ese instante no tenía nada para leer y no le quedaba otra
que escuchar a los vendedores ambulantes, a los chantas, los chiquitos esos
sucios. En verdad los detestaba a todos en general y ninguno lo conmovía. En
realidad ya casi nada la conmovía.
Tejiendo y destejiendo
pensamientos, de pronto reparó en la conversación telefónica de esa mujer, la
otra mujer, la más joven. Qué sorpresa se
llevó cuando descubrió que esa chica, a quien hubiera tildado de peruana,
hablaba un portugués fluido o, mejor dicho, un fluminense fluido. Eso ella
podía saberlo no solo porque había vivido en Brasil muchos años sino
especialmente porque era una reconocida antropóloga lingüística. Bueno, reconocida
por los otros dos o tres que hacen lo mismo en el país, porque lo que es su
familia jamás ninguno supo apreciar sus logros intelectuales, ni siquiera su
marido. Ahora, si lo de ella hubiera sido inventar y patentar el destapador
sería una verdadera iluminada, especialmente porque toda la familia viviría de
eso. Pero, ¿qué hace acá esta brasilera? Claramente no venía de paseo; y a
trabajar acá… eso sí que como único fin era imposible por ser un pésimo negocio. Dedujo entonces que un argentino degenerado seguramente
la enamoró y la hizo dejar allá a toda su familia. O no, seguro que trajo
consigo a la hermana porque esta gente nunca viaja sola. Eso es muy común en
esos grupos sociales.
La observó con detenimiento,
como observaba siempre sus objetos de estudio. La pobre iba cargada con todo el
invierno encima y llevaba en brazos uma
criança que suponía de dos años y siete meses, que se durmió en menos de cinco
segundos. Ahora que la miraba bien se recriminaba a sí misma el haber pensado
en algún momento que pudiera ser peruana. Una peruana jamás se haría dos finas
trenzas cosidas paralelas a la altura de la coronilla dejando el resto del pelo
totalmente suelto; ni tampoco podría tener en sus ojos ese brillo de zamba que siempre
le gana a cualquier contratiempo.
Los
vendedores en verdad la irritaban. Algunas veces la divertían pero, las más de
las veces le quemaban la cabeza. Y una fracción de segundo bastó para saber que
lo que venía en camino era lo que ella llamaba “un buen vendedor”. Y vendía
libros. La mueca le salió directo de la soberbia cuando lo vio entrar: “…un
libro revelador, un libro único que habla del amor y de las relaciones de
pareja, un libro tan necesario en nuestros días… Es cierto que de los errores
se aprende pero, más aún se aprende siendo precavido, y este libro le dice cómo...”.
Sencillamente no lo podía creer, ¡un libro para la pareja! Y ella que venía
necesitando uno. Casi se rió pero, no le salió, quedó adentro, como todo lo
demás. “Hay que ser abiertos, señoras y señores. Hay que tener una actitú
abierta al cambio si no, si uno está muy seguro en sus ideas, el libro no le va
a servir de nada, señora/señor”. En esto último ella sí que estaba de acuerdo. Y
el hombre pasó a esa parte en la que a todo el mundo se le pone en la mano o en
la falda o donde sea el producto a vender. Parte que ella detestaba porque
siempre decía “No, gracias” y siempre le dejaban igual lo que fuera apoyado en
las piernas: “… puedan leer el índice en la página 206 y mirar su contenido sin
compromiso de compra”. Igualmente esta vez no hubo rechazo de su parte ya que ella
añoraba más que nunca cualquier cosa que se pudiera leer. El amor de la nueva era. Novísimas precisiones astrológicas. La
puta… pensó y hubiera revoleado el libro por el mismísimo aire si no fuera que
no le pertenecía. Odiaba la astrología en todas sus formas. Ella era una mujer empirista,
qué me van a venir con estas pavadas, pensaba con frecuencia.
Sin embargo se quedó con el
libro en las manos pero, no leyéndolo sino mirando con súbita fascinación y por
encima de este cómo la brasilera lo miraba e indagaba con concentración y
hambre. Lo miraba con deseo como si allí se le fuera a revelar algo que viene
buscando hace tiempo. Lo miraba como se supone que debe mirarse un libro, con
amor, con pasión, con deseo. De entre todo el bulto que era ella, su invierno y
su hijo, sus dos manos se asomaban sosteniendo el ejemplar mientras sus ojos
leían lento y concentradamente el contenido del índice. Y pasaba de una página
del principio, a una del final buscando algo, una respuesta, una solución, una
verdad aunque más no sea una. Y la mujer mayor no podía soltarle la vista a
ella como ella no se la podía soltar al libro. La mujer mayor, que amaba leer
más que nada en todo el universo, estaba recibiendo una lección primordial y no
podía evitar sentir que algo se movía adentro. El libro supera al contenido.
El vendedor enseguida notó el
interés que la señorita sentía por su material así que con paciencia la dejó
mirar, remirar y vuelta a mirar. Realmente quería ese libro y así fue como le
dijo al vendedor, apenas con un gesto, que lo llevaría. Y en ese momento se
iniciaron los segundos más largos del mundo; esos segundos en los que la
brasilera, tratando de no despertar a su pequeño, empieza a bucear dentro de su
abultada mochila los diez pesos necesarios para pagar el libro que quería
comprar. Primero por un costado, después por el otro, después por los
bolsillos, después la mano hasta el fondo pero, cuidado, se despierta el niño.
Toda sonrojada por lo largo del minuto aquel, sonrió con desilusión y le
devolvió el libro al vendedor.
Y
en ese instante, algo en los ojos de la señora se quebró por completo. Algo se hizo
blando, débil, fuerte e insoportablemente hermoso. Algo la conmovió tanto que sacó
tan rápido como pudo diez pesos de su cartera y compró el ejemplar. Lo compró
sin importarle la vergüenza enorme que significaba que cualquiera pudiera
pensar que compraba ese libro para ella; lo compró sin importarle nada más que
la necesidad de entregarle en mano a la brasilera ese libro que tanto quería. Y
así lo hizo. Cuando se hubo marchado el vendedor, la mujer deslizó su brazo entre
los dos asientos de adelante y acercándole el libro le dijo: “Tomá”. Al
principio lo rechazó pero cuando la mujer le dijo “Lo compré para vos” todo
cobró sentido, y en su sonrisa y su mirada se pintó un tímido gracias.
La
mujer se quedó en paz. Por la brasilera que tenía su libro, y porque los libros
le recordaron que en realidad todavía sentía.
domingo, 9 de octubre de 2011
Revolver
Aquella mañana se levantó con la firme determinación de ir a comprar un revolver. Había ahorrado y agotado ya por completo su fantasía navegando por distintos sitios de internet y no tenía ya más remedio que pasar a la acción. Era impensado o impensable, mejor dicho, para cualquier vecino imaginar que aquella mujer, aquella señora mayor fuera capaz de subirse junto a tres de sus siete gatos a su Renault 12 celeste con el fin de comprarle un revolver a "Tony38". Algo chiquito, le había especificado ella en una suerte de chateo codificado.
En esa compulsión que tienen todos los vecinos de llenar de contenido los incesantes vacíos argumentales que necesariamente representan la vida de esa gente de la que se sabe poco o nada, Romina se decía a sí misma que Susy seguro estaba llevando a los gatos de mierda al veterinario. Y de paso les deseó que tuvieran alguna enfermedad incurable y que, pobre Susy, se viera en la obligación de tener que sacrificarlos ahora mismo o, si no era eso, que al menos se cayeran por la ventana del auto andante y los pisara el 740 de la mano de enfrente. Cómo odiaba Romina a esos bichos pero, no era su culpa. Era culpa de Susy. Ella nunca había tenido nada en contra de los animales hasta que le tocó convivir con una vecina solterona dedicada a levantar de la calle a cuanto cuadrúpedo necesitado de algo se le presentara. Y los perros -cinco- se la pasaban ladrando al lado de la ventana del pobre Santi y despertándolo a cada rato de sus siestas; y los gatos mugrientos, descarados, se paseaban por su jardín como si fuera el de ellos. Romina hubiera deseado tener una gomera para tirarle a los bichos pero, no la tenía y tampoco la iba a ir a comprar, no era cuestión. Fantaseó muchas veces con ponerles comida con veneno pero, veía muchas series policiales y sabía que por cómo esta mujer quería a sus bichos era capaz de pagarles una autopsia y no podría negar su evidente culpa... Igual tampoco sabía si se hubiera animado. Así que no tenía más remedio que descargar su ira a escobazos, patadas, gritos e insultos contra los animales cuando estos sinvergüenzas se cruzaban a su territorio y, a propósito -seguro- dejaban sus desgracias en la puerta de atrás, justo para que ella las pisara al salir a la mañana. Pero cuando la veían aparecer a Romi se iban los bichos, rajados como podían, a la calle o a lo de Susy. Era una guerra no declarada, silenciosa pero, abierta y feroz la que libraban los doce bichos y Romina.
Es que Romina no entendía. Seguro que tampoco hacía el esfuerzo pero, no entendía. Y si se tiene en cuenta que su indiferencia por los animales se terminó convirtiendo en aversión, menos aún podía lograr entender a Susy. Sin embargo hubo un instante, una advertencia: y esto fue cuando, a través de la cerca, Romina la vio a Susy dándole a los perros galletitas de leche Manón, como las que ella le daba a Santi. Susy la vio y le sonrió, porque entre ellas el trato fue siempre de lo más cordial. Le sonrió y, en esa sonrisa, le trató de explicar que todo ese bicherío era su familia. Romina también sonrió pero, nada servía. Ya había llegado a un punto en el que esa misma imagen la violentaba, así como también la enloquecía el ver a los perritos en invierno pavonearse por el barrio con un saquito tejido y cara ser humano.
Sin embargo nunca un roce entre ellas, ni por ese asunto ni por ningún otro. Cuando se pasaban los perros y Susy los venía a buscar esta última se deshacía en disculpas y Romina le decía "no pasa nada, está todo bien". A Romina no le gustaba pelear con nadie, era una conciliadora de pura cepa, a la que todo rencor le navegaba en circuito cerrado por dentro. Prefería sufrir hasta desaparecer antes de verse metida en una discusión. Así se pasaba la vida cediendo y aguantando.
Tony38 no estaba en el cuchitril pero, le había dejado el recado a Lucho de lo que quería la señora. Lucho no se sorprendió en absoluto de Susy; estaba acostumbrado a venderle armas a las personas más insólitas e increíbles que uno pudiera pensar. Eso sí, había un detalle, un rasgo, un gesto que a Lucho nunca se le escapaba y que era, precisamente, el que le indicaba quién iba a matar con esa arma que se llevaba o, mejor dicho, quién se llevaba el arma específicamente para matar. Y Susy era una de ellas. ¿A quién iría a matar? El vendedor, al igual que los vecinos, también siente la necesidad de llenar de contenido los vacíos argumentales que se le presentan. Esa mujer iba a matar a alguien y no podía más que verlo como un error enorme, o como un impulso de eso que se llama, creía, emoción violenta. Se moría por averiguar algo, por quizá persuadirla de alguna manera pero, temía también quedar pegado. Si esta mujer no se deshacía del arma como correspondía iban a llegar hasta ahí y lo iban a interrogar. No sería la primera vez pero, si llegaba a saber algo más... "Es para mi seguridad. Vivo sola hace muchos años, desde que fallecieron mis padres, y no me siento tranquila. El barrios se puso peligroso..." Y según se le agotaba la inventiva, la voz se le iba apagando. Por eso mismo quiso irse de ahí lo más rápido posible. "Deme una caja de balas para esto" dijo algo nerviosa mientras buscaba más plata en su monedero. Pagó, metió todo adentro de su enorme cartera y se fue.
Los gatos habían meado todo el auto y el olor era insoportable, incluso para Susy. Los maullidos cual coro de tragedia griega también eran cada vez más insoportables. Y el calor... el calor de los últimos días de diciembre siempre tendiendo a potenciar todo, a hacerlo más terrible. Por qué la gente no podía entender su amor por sus hijitos. Por qué ella sufría por ello. Nadie, absolutamente nadie valoraba todo lo que ella hacía. Ni siquiera los que también tenían mascotas. Por ejemplo Cristina -otra vecina- apenas se ocupaba de alimentar a Tarzán pero, ¿vacunarlo?, ¿desparasitarlo?, ¿bañarlo? Ah, no, señor. No. Solo ella lo hacía. Pero con Romina algo nuevo se había despertado, algo que la consumía día a día como un cáncer hambriento e imposible de extirpar. Fue cuando la miró incrédula, inconmovible, darle las galletitas a sus bebés. Ese día cruzó la barrera de la incomprensión a la que estaba más o menos acostumbrada para convertirse en algo distinto. Sí. Para convertirse en lástima. Sí, lástima era la palabra, una lástima burlona. Ay, cómo le dolía ese veneno, por Dios. Tenía que sacarlo de alguna manera. Ese "pobre mujer inadaptada en este barrio lleno de gente llena de familia". Era fuego, un vómito hecho todo de fuego constantemente al caer, al salir; un vómito de lava hirviendo tal vez. Susy podía soportar la incomprensión, vivir en la soledad que le generaba esta pero, ¿la lástima? No. Si quería seguir viviendo debía cortar ahora con ese sentimiento invasivo si quería seguir viviendo.
Y así fue. Romina y los que estaban ahí no pudieron creer verla a Susy sacar de su enorme bolso floreado de plástico una pistola en plena vereda. ¿Qué hacés, Susy? Llegó a decirle Romina pensando, tal vez, que quizá fuera una pistolita de juguete que pensaba relgalarle a Mati. Nunca le habían gustado los regalos bélicos -ya se lo había dicho una vuelta que le regaló una bolsa llena de G.I.Joe- pero, bueno tal vez no reparó mucho en eso. Pero un solo segundo bastó para notar que la pistola no era de juguete. Con el primer disparo bastó. El primero de los doce que Susy descargó. Exactamente uno por cada animal.
jueves, 22 de septiembre de 2011
La totalidad de un instante
Abracadabra, pata de cabra... Nada en esta mano. "Es que no soplé, mamá". La mamá -impresionante actriz- la miró con cara de Debe haber sido eso, probemos de nuevo. Abracadabra, pata de cabra, dedos inquietos y soplidos no pudieron menos que hacer aparecer en la otra mano... Un chupetín rosa. Los ojos incrédulos brillaron de fascinación y alegría y un minuto más tarde la pequeña andaba por la casa grande saboreando su chupetín y su mamá con cualquier otro quehacer. Y el silencio del pasillo se quiebra a la distancia:
_Mamá
_¿Qué pasa, hijita?
_A mí me gusta el chupetín rosa.
_Ya lo sé, hija...
... Por eso te lo regalo.
... Por eso te lo regalo.
jueves, 18 de agosto de 2011
A Piñera (es que me quedé pensando...)
Estimado presidente de Chile:
Mi nombre es Pilar Medina y soy una ciudadana argentina común que casi se murió de espanto cuando usted lanzó en medio de un discurso ese lapidario "nada es gratis en la vida".
Permítame disentir con usted, señor Piñera, porque si no me equivoco, aquello que le permite a usted hablar y que me permite a mí responder es precisamente algo tan gratuito como lo es la vida misma, ya que nadie paga por nacer y menos aún por vivir, hablar y escribir. Partir de la base de que la vida nos es dada gratuitamente creo que cambia bastante el sentido absoluto de tal aforismo.
Yo, en cambio, ensayaría remplazar ese “nada” tan totalitario por un “no todo” más flexible: "No todo es gratis en la vida" tiene otra lógica. Ya que, si bien es cierto que la vida nos es regalada a todos por igual, también lo es que lo que hagamos con ella va a depender un tanto de la influencia que recibamos, y otro tanto (o mucho) de nuestro esfuerzo y trabajo.
Algo muy parecido sucede con la educación libre y gratuita, señor presidente, por lo menos en mi país del que estoy tan orgullosa y al que tanto le debo (entre otras cosas toda mi excelentísima educación en letras). Un estado sabio que aspira sinceramente y desde su propia historia a la igualdad de sus ciudadanos (aunque sabe que esto es un ideal), cuando les brinda a todos la oportunidad de acceder a una educación completa y de primer nivel, lo que hace es devolverles algo de esa igualdad de la que gozamos al nacer y, sobretodo, algo de esa dignidad prístina.
En un país como el mío el Estado brinda la oportunidad de que aquel que lo quiera, que lo desee fuertemente, que se lo proponga de corazón, pueda acceder a una educación que, además de completísima y variada, es la más prestigiosa académicamente. Y aquí lo más importante del “No todo es gratis” porque especialmente no lo es para quien completar una carrera universitaria implica sortear infinidad de obstáculos, tanto económicos como sociales como intelectuales. Pero, estimado señor -y esto es lo más grave-, si la oportunidad no le fuera dada gratuitamente como le fue dada la vida, nuestra sociedad se vería privada de notables y excelentes profesionales. Podría citar miles de ejemplos, como el del Dr. Bessone, fundador de una clínica que todavía funciona. Hijo de un albañil, terminada su jornada de trabajo, estudiaba a la luz de los faroles de plaza Mataldi porque en su casa no tenía corriente eléctrica...
Es cierto que con educación libre y gratuita para todos todavía en la ignorancia algunos quedan fuera del sistema pero, "algunos" siempre va a ser menos que los millones que seríamos si, además de comprar los libros, el material de trabajo y transportarnos, tuviéramos que pagar una cuota para ingresar, para cursar y para rendir.
Solamente imagine usted, mi estimado, cómo la mera existencia de esta oportunidad en un país puede cambiar la visión de mundo de una persona que nace en un medio carenciado; imagine simplemente cómo puede cambiar su mentalidad si puede al menos preguntarse “¿Qué quiero ser cuando sea grande?” y un abanico de carreras de lo más variadas se abre ante sí. La pregunta más seria creo que sería: ¿Podría por ejemplo Bessone siquiera haber sentido el deseo de ser médico de no haber tenido la oportunidad de cursar gratuitamente la carrera? ¿Podría usted siquiera haber fantaseado con ser presidiente de no haber nacido donde nació?
A las prestigiosas universidades públicas de mi país ingresan cientos de miles de alumnos por año pero, en comparación, solo unos pocos egresan. Ay, señor Piñera, no se confunda. La oportunidad debe ser gratis y para todos; lo que no puede ser gratuito, ni debe serlo nunca, es justamente lograrlo.
Atte.
PM
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