jueves, 18 de agosto de 2011

A Piñera (es que me quedé pensando...)

Estimado presidente de Chile:

Mi nombre es Pilar Medina y soy una ciudadana argentina común que casi se murió de espanto cuando usted lanzó en medio de un discurso ese lapidario "nada es gratis en la vida".

Permítame disentir con usted, señor Piñera, porque si no me equivoco, aquello que le permite a usted hablar y que me permite a mí responder es precisamente algo tan gratuito como lo es la vida misma, ya que nadie paga por nacer y menos aún por vivir, hablar y escribir. Partir de la base de que la vida nos es dada gratuitamente creo que cambia bastante el sentido absoluto de tal aforismo.

Yo, en cambio, ensayaría remplazar ese “nada” tan totalitario por un “no todo” más flexible: "No todo es gratis en la vida" tiene otra lógica. Ya que, si bien es cierto que la vida nos es regalada a todos por igual, también lo es que lo que hagamos con ella va a depender un tanto de la influencia que recibamos, y otro tanto (o mucho) de nuestro esfuerzo y trabajo.

Algo muy parecido sucede con la educación libre y gratuita, señor presidente, por lo menos en mi país del que estoy tan orgullosa y al que tanto le debo (entre otras cosas toda mi excelentísima educación en letras). Un estado sabio que aspira sinceramente y desde su propia historia a la igualdad de sus ciudadanos (aunque sabe que esto es un ideal), cuando les brinda a todos la oportunidad de acceder a una educación completa y de primer nivel, lo que hace es devolverles algo de esa igualdad de la que gozamos al nacer y, sobretodo, algo de esa dignidad prístina.

En un país como el mío el Estado brinda la oportunidad de que aquel que lo quiera, que lo desee fuertemente, que se lo proponga de corazón, pueda acceder a una educación que, además de completísima y variada, es la más prestigiosa académicamente. Y aquí lo más importante del “No todo es gratis” porque especialmente no lo es para quien completar una carrera universitaria implica sortear infinidad de obstáculos, tanto económicos como sociales como intelectuales. Pero, estimado señor -y esto es lo más grave-, si la oportunidad no le fuera dada gratuitamente como le fue dada la vida, nuestra sociedad se vería privada de notables y excelentes profesionales. Podría citar miles de ejemplos, como el del Dr. Bessone, fundador de una clínica que todavía funciona. Hijo de un albañil, terminada su jornada de trabajo, estudiaba a la luz de los faroles de plaza Mataldi porque en su casa no tenía corriente eléctrica...

Es cierto que con educación libre y gratuita para todos todavía en la ignorancia algunos quedan fuera del sistema pero, "algunos" siempre va a ser menos que los millones que seríamos si, además de comprar los libros, el material de trabajo y transportarnos, tuviéramos que pagar una cuota para ingresar, para cursar y para rendir.

Solamente imagine usted, mi estimado, cómo la mera existencia de esta oportunidad en un país puede cambiar la visión de mundo de una persona que nace en un medio carenciado; imagine simplemente cómo puede cambiar su mentalidad si puede al menos preguntarse “¿Qué quiero ser cuando sea grande?” y un abanico de carreras de lo más variadas se abre ante sí. La pregunta más seria creo que sería: ¿Podría por ejemplo Bessone siquiera haber sentido el deseo de ser médico de no haber tenido la oportunidad de cursar gratuitamente la carrera? ¿Podría usted siquiera haber fantaseado con ser presidiente de no haber nacido donde nació?

A las prestigiosas universidades públicas de mi país ingresan cientos de miles de alumnos por año pero, en comparación, solo unos pocos egresan. Ay, señor Piñera, no se confunda. La oportunidad debe ser gratis y para todos; lo que no puede ser gratuito, ni debe serlo nunca, es justamente lograrlo.

Atte.
PM

miércoles, 20 de julio de 2011

En nombre de la amistad

Siempre siento nostalgia de la adolescencia, ¿sabés? Y no precisamente de la lozanía de la piel y toda esa juventud saliendo a roletes de los ojos. No. De lo que yo siento nostalgia es del poder ese que uno siente, ese capaz de devorarse todo el mundo y de poder emprender cualquier batalla por más difícil que sea. Ese mundo en el que solamente importan los amigos y donde la máxima preocupación son los acontecimientos que los involucran. Nostalgia de vivir la vida con toda la canciencia pero, sin saber siquiera cómo se paga una cuenta ni quién las paga. A veces miro para atrás y veo con ojos de incredulidad la cosas de las que fui capaz a los quince años en nombre de la amistad.
   Hacía ya casi cinco años que la vida me había puesto en el camino a Vicky, la que sería hasta hoy mi mejor amiga. Su familia, impregnada de aires capitalinos, había venido a parar a los pagos bellavistenses, movida por no sé qué influencia; más precisamente, habían comprado una casa gigantesca en lo que localmente se conoce como “Santa Fe al fondo”, toda de ladrillo a la vista, con loza radiante y un arrollo que cruzaba por el medio del jardín con medio centímetro de agua. Así como no entiendo la motivación de venir a vivir acá –porque hacerlo es un gusto que forzosamente se hereda y difícilmente se adquiere- tampoco me queda del todo claro cómo es que tomaron la drástica decisión de pasarla de un colegio histórico como el San Tarsicio, a uno como Las Marías que, además de contar con todas las particularidades propias del colegio de pueblo, estaba casi recién fundado y, por ende, digamos despoblado. Pero lo hicieron, por suerte, y ahí nos conocimos.
   El primer día de clases nos convertimos en mejores amigas con la misma lógica natural con la que una semilla deviene en flor. Ese mismo día, el primero de todo el ciclo lectivo, fui a jugar a su casa. Nuestras mamás no lo podían creer pero, viendo que la química y un par de recreos habían bastado para sabernos amigas inseparables desde ese mismo día y en adelante, no opusieron resistencia, lo celebraron con gracia (y pensar que hay necios que todavía no creen en el amor a primera vista). Ese sería solo el comienzo de años de muchísima amistad y de las más profundas que puedan existir entre dos seres humanos.
   Compartimos muchísimas cosas juntas: fines de semana completos durmiendo una en la casa de la otra, largos períodos de convivencia en su casa cuando mis papás salían de viaje por Europa, varios veranos de cruce de cordillera junto a mi familia como si se tratara de una hija más, aunque una no reconocida, por supuesto, porque físicamente no podemos ser más distintas; compartimos tardes enteras jugando a ser señoras, ella “manejando” el auto estacionado de su mamá y yo “manejando” el auto estacionado atrás de su papá, hablando de una ventana a la otra y subiendo y bajando de los autos con aires de adultez. No pasábamos por hermanas porque físicamente era imposible: una rubia, la otra morocha, una con el pelo lacio como tabla, la otra con la cabeza llena de rulos, una rellenita, la otra flaca como escoba, una de ojos verdes, la otra de ojos negros como la noche más cerrada; pero si existiera algún aparato capaz de sacarle una suerte de radiografía al alma, las nuestras se revelarían como lo que poéticamente se conoce como almas gemelas.
   El papá de Vicky, empresario del mundo del cine, viajaba mucho a Méjico por cuestiones de trabajo. A veces los viajes eran tolerables pero, a veces, se prolongaban más de la cuenta y a mi amiga y su familia les resultaba imposible resistir el desgaste doloroso de la distancia. A fuerza de negación me mantuve inmutable ante lo que inevitablemente iba a suceder. Pero, mi resistencia no sirvió de mucho cuando una tarde de no sé qué estación Vicky me llamó llorando y pidiéndome que fuera a su casa porque tenía que decirme algo muy importante: Se iban a vivir a Méjico. A Méjico, no a Salta, ni siquiera a Chile, a Méjico. Ni bien me lo dijo nos abrazamos y lloramos juntas preguntándonos qué iba a ser de nuestras vidas separadas. Su mamá (probablemente mucho más desconsolada que nosotras asumiendo todos los dolores, ahora que lo pienso) intentaba suavizar nuestra pena pero, con la cautela propia de quien entiende que hay duelos y pesares que es necesario atravesar.
   Cada día que pasó hasta el día de la partida estuvo lleno de una especie de angustia anticipada. En mi casa nadie se atrevía a decirme nada. Todos habían vivido a la par el crecimiento de nuestra amistad y nadie se habría animado a tildar de “exagerado” el dolor adolescente por el que yo estaba atravesando.
   Y el día llegó. Tan dolorosa tiene que haber resultado para mí su llegada que yo –que me jacto de tener una memoria prodigiosa-, recién hoy me doy cuenta de que no recuerdo nada de aquél. Ni qué día exactamente fue que se fueron, ni si fui al aeropuerto o no, ni cómo habré abrazado a mi amiga a la hora de partir. Qué horror, tengo en ese lugar de mi memoria un frío y profundo vacío. Pero, bien recuerdo lo que vino después: días y días de llanto desconsolado. Si me hubiera quedado huérfana de padre, madre y hermanos creo que no habría llorado tanto como lloré el hecho de verme forzosamente separada de mi mejor amiga. En esa época el uso del e-mail estaba reservado exclusivamente para la CIA o algún otro servicio de inteligencia y nosotras no teníamos más remedio que escribirnos cartas, hablar por teléfono (sólo para fechas muy, muy importantes) y alguna que otra vez, mandarnos un fax lleno de dibujitos que intentaban recrear cualquier situación que nos pareciera indigna de habérnosla perdido y que con el correr de los meses se iban borrando.
    Así fue como entre carta y carta, llamado y llamado, fax y fax empezamos a acariciar la idea, cada vez más fuerte, de que yo me tomara un avión, junto con Santiago Coletes, el mejor amigo del hermano de Vicky de entonces diez escasos años de edad, para ir a visitar a los Sánchez Casares. Mi papá, que ya no sabía qué hacer para mitigar mi amargura, se limitaba a decirme un “sí, sí” casi mecánico cuando yo le hablaba de este posible viaje, confiado quizá en el tiempo iba a calmar mi dolor y que la idea de viajar casi sola –o a cargo de un menor con apenas yo quince años- iba a empezar a aterrorizarme. Probablemente con la misma incredulidad me llevó a hacer el pasaporte ya que, hasta la fecha, yo nunca había viajado a un país que no fuera limítrofe. Pero, pobre papá, ahí seguramente entendió que uno no sólo nunca conoce a los hijos lo suficiente sino, por el contrario, mientras vivan, uno nunca va a terminar de conocerlos.
   Llamé a una agencia de viajes de mis papás y empecé por hacer las reservas. Por supuesto que, al mismo tiempo, hablaba con los papás de Santiaguito mientras les afirmaba, convincente, que esto ya era una decisión tomada y que todo el universo estaba de acuerdo para que así fuera. Los papás de Santiago probablemente creyeron que si los papás de Vicky y los míos estaban de acuerdo, entonces ellos no tenían más remedio que sumar a su niño a la travesía. Para cuando mis pobres padres se quisieron dar cuenta, yo ya había sacado mi pasaje de ida y vuelta a Méjico D.F. con la tarjeta de crédito de papá y por teléfono. Ya estaba. Sólo quedaba llamar a Vicky para darle la maravillosa noticia. Recuerdo la voz espantada de mi papá: “¿Cuándo te dije que sí? Era una posibilidad pero, nunca fue una afirmación”. La niñita que en su tiempo fuera toda una seductora ahora se había convertido en una joven manipuladora, no había dudas.
    Recuerdo cómo mis papás sacudían las manos saludándonos mientras Santi y yo desaparecíamos por las escaleras mecánicas de Ezeiza, esas que te llevan a embarcar para los vuelos que van más bien lejos. Yo los veía hablar con los Coletes y, aunque no podía escuchar bien lo que decían, me lo imaginaba perfecto: nadie entendía cómo cuernos habíamos llegado a esta situación: una chica de quince años yéndose a Méjico por veintiún días, de la mano de un niño de diez con una especie de tarjeta de acreditación de prensa colgándole del cuello, que indicaba que era un súper menor de edad. Pero lo hicimos y dieciséis mil kilómetros después estábamos aterrizando en Méjico D.F. No sentí miedo en ningún momento, porque así es la adolescencia y sus prioridades. Solo imaginar el rencuentro con mi amiga hacía que todos los pasos previos hubieran resultado un sencillísimo trámite.

sábado, 30 de abril de 2011

Corazón

Para Anónimo

Cae. Como caen todas las cosas que cruzan cierto límite, de manera inevitable cae. Por ley de gravedad, de negligencia, de qué sé yo. Como todo lo frágil cae y se rompe -en dolorosa cámara lenta- por alguna otra ley que, seguro, desconozco. Y miro desde arriba, desde lejos las vueltas primero y luego los pedazos, la impotencia, el desparramo. Se rompe y duele todavía más, como duele la pérdida, como duelen los muertos, como duelen las despedidas. Duele y me agacho para juntar una a una las partes; las acomodo, las pego con lo que hay, algo de cinta creo, algo... y noto que su textura ya no es la misma, ahora parece de plástico, hueco y de un color rosa viejo, tal cual mis ojos vacíos. Lo pego y lo levanto con las dos manos con el recordado respeto de algo muy valioso, para devolverlo a su lugar. Pero está así: herido, tiezo, petrificado, incrédulo, inconmovible. Lo pongo en su lugar y vivo una vida a la que no estoy acostumbrada; una vida donde el motor principal creador de casi todo lo bueno que hago no funciona. Y, aunque mi fe en el amor es sostenida, no puedo evitar preguntarme si alguna vez volverá a sentir; si alguna vez volverá a latir.
Si alguna vez volveré a escribir.

martes, 5 de abril de 2011

Amiga mía

No quiero esperar al día del amigo para escribir unas palabras sobre mi amiga. Incluso creo que el día del amigo le queda chico a lo que puede ser un verdadero amigo y, además, me parece que no tiene pito que ver con la amistad el tema del hombre en la luna (?).
No fue nada del otro mundo. Sólo un domingo como cualquier otro pero, en relaidad sí, especial. Porque fue, tal vez, lo más parecido a los domingos de nuestra adolescencia: sin reloj, sin apuro, con nada para hablar y mucho para decir; y siempre listas para reírnos, yo de ella, ella de mí y las dos de las dos.
Desde afuera podía verse, ahora que lo pienso, como el peor programa: improvisado y frustrado. Dimos vueltas por toda la ciudad en auto y cada vez que frenábamos nos cobraban una casi estadía en cada estacionamiento.
Quisimos ir al cine pero, parece que el mismísimo impulso lo sientieron todos los habitantes de Palermo. De todas formas nos quedamos en la cola un rato largo aún cuando oímos por el parlante algo de Las localidades de Cuento chino de las 18.10 se encuentran agotadas. Seguimos en la fila como si nada; porque, aunque una rubia y otra morocha, si hay algo que tenemos en común, es esa fe inquebrantable de creernos capaces de revertir cualquier situación sólo a fuerza de deseo. Podemos ver otra, dijo mi amiga. Pero no aparecía nada que nos guste lo suficiente con el horario adecuado. Esperemos los Bafici mejor. ¿Vamos? Vamos. ¿Adónde?
Y ahí estábamos de nuevo dando vueltas con el auto -sin nafta- por la ciudad buscando un lugar para tomar un buen café. ¿Y si vamos a Clásica y Moderna y de paso la vemos a Ana María Bovo? Creo que está hoy y con descuento. Llamamos pero, no teníamos 2 x 1 con La Nación, ni con Clarín ni con nada; ni tampoco ochenta pesos per capita más otros tantos de estacionamiento.
Me tendría que dar un poco de vergüenza decir que temrinamos en la Esso de Libertador y no sé qué consumiendo la promo de un café con muffin Vauquita, mientras el frío del aire acondicionado nos hacía estornudar por turnos; o fumando un cigarrillo en el escalón del Autoservicio pero, no. Como dije antes, tal vez esa salida fue lo más parecido a un domingo de adolescencia donde no teníamos nada que hacer más que dejar pasar el tiempo y hablar mucho de poco.
El tiempo no pasa para nosotras. Y a veces me pregunto, envuelta en mi propia circunstancia, qué fórmula secreta esconde la amistad, la mejor amistad, para cada vez producir ese mismo efecto: el de la juventud eterna, la risa inagotable y el amor siempre vigente.

martes, 14 de diciembre de 2010

Blanca y radiante

No sé por qué estaba yo con un vestido de raso blanco. Aunque al llegar al recinto y ver que era enorme, como una especie de palacio romano, lleno de columnas y arcos de medio punto, me di cuenta de que se trataba de una fiesta muy formal. Llamaba la atención la falta de cielorraso pero, más aún el pavor entre la multitud concurrente. Llevaba el pelo dorado recogido con un par de jazmines amarrados del lado derecho. En verdad tenía yo la apariencia de una novia y los labios rojos. Mi confusión oscilaba entre mi atuendo y la pavura reinante. Luego de unos pasos solitarios por el salón, donde el eco del taconeo femenino de mis zapatos -uno adelante del otro- imponía una presencia singular, noté la causa de tanto terror generalizado. Allí, en una suerte de claro formado por el espanto, pude ver a Frankenstein monstruo -no Frankenstein Víctor- de espaldas con los brazos colgando cuales péndulos sincronizados. Ahí estaba el protagonista de la noche, infundiendo incomodidad a todos, rozándolos con su presencia, raspándolos como un oso desesperado. Yo también me asusté cuando giró. Sobretodo cuando percibí en su balanceo torpe un claro objetivo, una búsqueda, un deseo dirigido: yo. Me quedé quieta, entre desafiante y petrificada. Cuando se hubo acercado lo suficiente, entendí que su deseo pasaba por sus manos que, al igual que la noche, eran grandes, grises y muy tibias y que sólo querían tomarme por el cuello, como para ahorcarme pero sin nunca terminar de hacerlo. 
Miré con horror mi vestido y entendí que yo era la novia y que él estaba ahí para casarse conmigo para siempre. Si bien la gente dejaba entrever cierta conmiseración con mi situación, también opinaba que estaba bien que una sola persona se inmolara por el bien de toda una comunidad. Yo era el mal menor y él me había elegido a mí. Decidí correr la vista hacia los ficus suspirantes de las columnas laterales en busca de reposo; y allí descubrí que de alguna manera yo también lo había elegido a él, ¿de qué otra forma podría haber estado vestida de novia tan bellamente arreglada? No lo sé, sólo sé que yo era efectivamente la novia de Frankenstein, su alimento, su medicina y  su necesidad. Lo único que debe hacer, señalaba la señora de la capellina, acompañando su discurso con una mano inquieta, es dejarlo ahorcarla todos los días de su vida, cada vez que él quiera, hasta que la muerte por fin la separe. Lo decía, lo juro, con indolente liviandad. 
En medio de sus manos, entre el placer y el miedo, entre el blanco y el negro y una parálisis casi absoluta, descubrí la forma de cambiar mi tortuosa realidad, de cambiar mi destino. Y ese panorama, en apariencia tan irreversible como la corriente de un río, empezó a cambiar su tono, su color y con él, mi cara. Mis ojos volvieron rápidos y de un pestañeo a los de él, con un brillo particular y una sonrisa triunfante, que él entendió seductora. Pero era el brillo de la inteligencia que, en medio de mi aparente fragilidad, había sabido encenderse. 
Así que ya era un proyecto, una promesa. Si no me moría ahí mismo, si esa cosa me iba a dejar con un poco de aire que pudiera pasar todavía al cerebro y de allí a mis piernas, lo único que debía hacer era esperar a que él terminara por hoy, para correr, correr y correr y encontrar, en medio de ese recinto inmenso y desconocido, mi computadora. Tenía que hallarla antes de que él me hallara a mí. Así podría yo escribir esta historia y devolverlo a él a la ficción a la que pertenece, haciéndolo existir solamente entre letras; y así podría yo volver a volar, taconear y serpentear, igualmente blanca, igualmente radiante pero, esta vez libre.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Muertaviva

Tú no eres el fantasma: ¡el fantasma soy yo!
A.N.

Hay días verdaderamente complicados. ¿Viste? La ropa, el quilombo y yo que no sé si estoy viva o muerta. Y empiezo a pellizcarme para ver qué onda. ¿Viva? ¿Muerta? Y me duele tanto el pellizco, como cuando estoy engripada, que enseguida me pongo a llorar; lo que en realidad es una cagada, porque no termino de definir qué significa eso: si lloro porque estoy viva o si lloro porque estoy muerta.
Vos estás durmiendo así que no puedo consultarte qué opinás del asunto. Quizá sos viudo y yo ignorante. Así que me levanto, medio persona medio fantasma, me lavo la cara y por las dudas me pongo ropa y por las dudas también voy a trabajar. A ver si todavía estoy viva y me despiden por "abandono de trabajo".
No me queda claro si el colectivo frena por mí o por los cinco que están conmigo en la parada. De éstos ninguno me saluda ni hace contacto visual porque, quiero pensar, cada cual está en lo suyo. Al chofer le digo Buenos días con una sonrisa pero, lo único que dice es, Un pasito para adelante, por favor. No pagué el boleto, o porque estoy muerta o porque nunca llegué a la máquina, todo depende.
Hoy es uno de esos días, com-pli-ca-dí-si-mos. Fijate que vuelvo a casa y cuando me acerco a darte un beso, no me ves ni me sentís en absoluto. Me acerco mucho, a por lo menos a quince centímetros de tu cara y no: el aire es libre y vos seguís en lo tuyo. Dudo en hablarte pero, ¿qué puedo decirte? Los labios me quedan rebotando, inseguros, secos, dolidos. Y ahí nomás me doy cuenta de que sos viudo y yo, un fantasma.
Y me voy al cuarto a leer un rato a Saramago. Y le doy gracias a Dios que nos permita a los muertos leer y, sobretodo, que no tenga un Index de libros prohibidos (de otra forma jamás podría agarrar justo a Saramago). Porque, no vayas a creer, no es nada sencillo darte cuenta de que estás muerta; es más, es bastante triste. De esa tristeza que te hace tragar saliva dos por tres. Que los que más querés no te vean es cosa seria. Y cuando yo estoy triste me da por leer, ¿sabés? Hay gente que la da por comer helado y esas cosas pero, a mí no. A mí se me cierra el estómago y me da por leer. No sé por qué.
Y en eso estoy, pensando en todas las preguntas incómodas que le voy a hacer a Dios ni bien lo vea, cuando de pronto escucho desde el cuarto de abajo un jubiloso y vivo ¡Hola, mamá!
Salto de la cama, yo y mi corazón. Corro por el pasillo descalza y bajo las escaleras a toda velocidad, sólo para abrir esa puerta y descubrir, en un abrazo apretado, lleno de besos y lágrimas, que estoy viva, todo lo viva que necesito estar.
Y vuelvo a nacer, como lo hago cada vez que esa voz dice mi nombre: mamá.

martes, 21 de septiembre de 2010

Desnudez

Me acuerdo cuando Pepa a los doce años decía que cuando ella tuviera edad de hacer el amor, lo haría con corpiño y remera bien puestos. A mí me hizo gracia y a ella no le pareció gracioso. Yo le pregunté por qué decía eso y ella me dijo que porque le daba vergüenza. Me pareció que algo de lógica tenía su argumento pero, yo no me imaginaba haciendo el amor con corpiño. Bah, yo no me imaginaba haciendo el amor.

No teníamos idea, por ese entonces, de que los momentos más lindos de la vida se darían en plena desnudez y desprendimiento. Golosos placeres... Insignificantes y gigantes placeres... El pesado bolso que cae, los zapatos que vuelan por el aire después de una fiesta, el corpiño que prometemos no volver a usar por incómodo y que, una vez suelto, cede el paso a la libertad más exquisita; ésa de la sangre que vuelve a correr. Sacarse un par de aros, una gomita del pelo. Y eso que no hablo de sexo por... ¿obvio? (supongo). Golosos placeres... Ese pis insoportablemente contenido que no deja vivir, y ése que a los hombres les encanta hacer al aire libre (ah, sí, no saben la suerte que tengo de haberlo comprobado con mis propios ojos; extraño placer).

Con Pepa no pensábamos en el obvio componente erótico de la cuestión esa de hacer el amor. Hasta donde sabíamos ese acto era algo parecido a un sacrificio necesario para tener hijos y bueno, habría que inmolarse nomás. Los bebés eran tan lindos... y siempre eran parte del elenco estable de nuestros juegos de "familia tipo", desarrollados mayormente en dos Ford Sierra estacionados en el jardín de la casa de Pepa. El mío era el gris plata canchero -pobre de Pepa que no me lo cediera-. A ella siempre le tocaba hacer de madre multípara con la break verde agua. Incluso abría el baúl para hacer bajar a una parte de su prole.

Por suerte crecimos y todavía crecemos. Todos, ¿no? Y, día a día, mes a mes, año a año, nos vamos sacando más y más cosas de encima, a veces con dolor y otras con placer y a veces confundiéndonos un sentimiento con otro. Como esos zapatos odiosos y ese vestido que cae y ese pelo que se suelta al andar, siempre andando. Y nos sentimos más grandes, más libres, más seguros, más felices y mejores personas. 

O sino mejores, al menos sí más honestas, transparentes, más hermosas y livianas.